|
Mi generación intentó ser llamada de todos los modos. Triunfó
finalmente aquello de equis, que suena así como a generación
perdida, como a jóvenes
que no saben muy bien lo que quieren y que vagan por la noche henchidos
de nubes. Lo de la equis fue todo un éxito por ese soniquete que
tiene de chico malo impenetrable y de llego a la hora que me sale de los
huevos. Todo eso estaría bien si no fuera por esa pulsación
poético-romántica que subyace de lo de la equis, la incógnita,
lo desconocible. Y es que nuestra generación no tiene nada de idealista,
ni de perdida, ni de romántica ni de equis ni de leches. Nuestra
generación es, sobre todo, la que con más alegría
vivió el cambio al color, como suena: La de la tele, de Espinete,
Don Pimpón, y el Undostres que era así como la misa del
sábado noche y de lo que más se hablaba en el cole. La tele
de aquel tiempo si tenía, ahora que caigo, algo de puro y entrañable,
y aunque fuera mala estaba hecha con intenciones, buenas, se entiende.
Barrio Sésamo en la actualidad sería pulverizado por los
Pokemon, los Goku, y todos éstos. Espinete acabaría y ha
acabado chamuscadito por una de esas bolas mágicas de energía
japonesa. Los de la tele, que son muy listos, ya ni lo intentan.
La tele es el gran invento: dar el botón de la tele es como dormir,
descansar el cerebro en la vigilia, en el entreacto de los trabajos y
preocupaciones, y ésto es mucho mejor que el sueño mismo
porque la materia que sacas del sueño no es para comentarla en
el bar, ni en el trabajo, ni
mucho menos en casa. Hoy se pone la tele para desconectar, del trabajo,
de la mujer, del marido, de los hijos, que se ponen tan pesados, de la
mierda
de vida que a casi todo el mundo se le antoja como propia, aunque casi
ninguno lo diga. Y entonces ven esas mujeres en bikini, o en tetas, explosivas,
pidiendo erectos a su mujer que aparten de una puta vez el culo de la
pantalla mientras ponen la cena, y ven esas familias de las series
mientras cenan pescado con patatas, familias todas distinguidas, cultas,
educadísimas, que se quieren todos tanto, y tan prometedors, y
parece que la
cena entra mejor y todo y que el niño ni se queja o se queja menos;
y ven luego esos famosos de postín, siempre de fiesta, y tan vulgares
todos que
por qué no iba a ser yo uno de ellos, que da gloria verlos, oye,
qué bien vive la gente. Y se acuesta el marido a las diez con su
pijama de cuadros
restregándose a Pamela Anderson bajo la colcha de la abuela, y
la mujer recoge la mesa y el mantel que sacude por la ventana de la cocina
para
ahuyentar las migas y sueña con ese marido de la tele que tanto
la quiere a ella y a sus hijos, que nunca trabaja y es tan comprensivo,
y tan guapo. Y
los hijos sueñan con Pamela Anderson y con un padre y ya mayores
con follarse a una famosa o famoso cuanto antes y ahorrar toda la semana
para
pagarse una entrada a la Joy Eslava.
Ser por un día muñeca hinchable o consolador de carne de
la tele, vivir la vida un poquito, como dios manda.
|