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La mano se cerró y apretó el hielo, la piel congelada se resquebrajó
ante nuestros ojos y los últimos vahos del cuerpo del extranjero cayeron
con él al lejano suelo como la nieve caía sobre nuestras cabezas, suavemente.
La única cuerda que nos sujetaba parecía firme, al fin y al cabo era la
única que había aguantado. La tentación de cortarla fue constante durante
algún tiempo en mi fría cabeza, bajo mi congelado gorro y sin embargo
no me parecío conveniente hablar de esto con mi compañera, ella seguía
mirando al cielo con esperanza, "aclarará, esto no puede durar".
Demasiado repentino y demasiado inesperado, como siempre pasa todo lo
que no se desea: temporal no pronosticado acompañado de vientos huracanados,
desconocidos para mí y para nuestro pobre equipo de montañeros aficionados.
Cuerdas y cuerpos que ceden, ella se sujeta a mi, o quizá se enreda conmigo,
"ahora sí que estamos juntos, casi abrazados". Fue un pensamiento fugaz,
fuera de lugar, pero ¿había algo en su sitio?. La cuerda del extranjero
no aguantó tanto como la nuestra, su cuerpo fue a sujetarse en un saliente
entre las rocas unos metros mas abajo. Ella y yo nos mirábamos y le mirábamos,
no podíamos creer lo que estaba pasando, gran parte de nuestro material
caia al fondo del barranco sin que pudieramos hacer nada. Casualmente
atrapado en un inestable témpano el extranjero abría los ojos asustado,
intentaba moverse, su sangre se helaba sobre la nieve poco después de
haber salido. Aún tuvo fuerzas para articular sus últimas palabras en
español, "vamos a morir". Se dio cuenta antes de que nosotros pudiéramos
prever siquiera la situación en que nos encontrábamos, sin embargo sus
palabras mal articuladas en nuestro idioma retumbaron en mi cabeza y aun
hoy, en este silencio, siguen retumbando, resquebrajando este hielo.
La aventura era la motivación principal para nosotros. Al extranjero casi
no le conocíamos, pero era el alma de la escapada a la montaña, nos hacía
gracia su acento forzado y sobre todo su capacidad para organizar todo
en un santiamen. Antes de que pudieramos haber asimilado los gastos estabamos
sentados en un avión, dispuestos a todo. Durante unos segundos, sentado
en mi comoda butaca de turista, me pregunté porqué estaba yo allí, sabía
que lo que ibamos a hacer no era una simple excursión, muy al contrario
suponia un gran esfuerzo. Tuve que discutir con mi jefe para conseguir
el permiso y todo estaba por ver a la vuelta, ¿que importancia tiene todo
esto ahora?. La quería e iria donde ella fuera.
Huir del mundo a ninguna parte, escapar de la rutina para conquistarse
a uno mismo.
Ella supongo que tampoco sabía porque estaba allí, desde que la conocía
había hecho las cosas por llevarme la contraria. Parecerá un tópico pero
yo prefería el mar, me atraía mucho más un viaje en barco. El extranjero
con su voto a favor del frio no dejó espacio para la discusión.
El frio nos mató.
Vimos la montaña primero muy lejos, desde el avión, poderosa tocaba el
cielo con su cumbre nevada, orgullosa de su juventud hacia pequeñas al
resto de las cumbres que la rodeaban. Una vez en tierra se nos acercó
hasta tragarnos, esa fue mi sensación: tuve miedo cuando la vi cerca,
su inmensidad me hacía pequeño, demasiado pequeño. La emoción provoco
risas y ella decidió cantar para demostrar a nuestro compañero lo divertido
que era nuestro país, nos pasa siempre a los españoles hasta que uno se
da cuenta de lo pesados que podemos llegar a ser. La respuesta de nuestro
amigo fue una larga canción popular de su tierra, después de esto nos
callamos todos y la montaña nos rodeó definitivamente hasta que lo único
que pudimos hacer era prepararnos para el ascenso.
Creo que ninguno esperaba tanto esfuerzo, el frio era anormal para la
época en la que nos encontrábamos, pero subíamos, ninguno quería quedarse
atras y ni mucho menos, a pesar de la dificultad creciente, interrumpir
el viaje. Todo era belleza a nuestro alrededor, era la parte buena. La
nieve no lo cubría todo y encontrábamos verdes praderas entre las gigantescas
rocas, contrastando con ellas: verde sobre negro, blanco y cielo. Nuestra
vista, acostumbrada al gris de la gran ciudad parecía no dar de si.
La primera noche nos dejamos caer sobre los sacos, sólo unas palabras
bastaron para planear el día que nos esperaba. La segunda noche la pasamos
entre las rocas con parte de nuestro cuerpo congelado. El extranjero más
abajo cubierto de nieve, en su tumba. No estaba preparada, nunca había
pensado en este tipo de cosas: morir, suena demasiado desagradable, ella
no había estado nunca en un entierro. Nunca habia mirado directamente
a los ojos de la muerte, ni siquiera a traves de las imágenes repetitivas
de la televisión. Odiaba el telediario y jamás iba al cine si la película
era minimamente violenta.
Creo que yo empecé a asumir mi muerte cuando mis dedos dejaron de moverse.
Durante un rato había estado intentando hacer movimientos simétricos con
ambas manos. Quise tener los ojos abiertos para poder mirarla, estabamos
muriéndonos y no lo podíamos creer. La vida estaba demasiado cerca. Alguna
vez me había planteado una muerte repentina: "si tuviera que morir me
gustaría que ocurriera mientras duermo, o de un balazo en la cabeza",
aun así temblaba despues de pensarlo. Ahora la situación era otra, no
estaba pensando ni soñando, ni me iban a pegar un balazo en la cabeza,
estaba helado de frio, muriendome poco a poco, colgado de un tremendo
peñasco y en la más completa oscuridad.
La situación era otra y estaba dejando de tener miedo.
Su expresión era agónica, la muerte la había sorprendido aterrada, pude
verla con la primera luz del día. Ella que nunca había imaginado a la
muerte en ninguna de sus facetas, la había sorprendido mucho más que a
mí.
No llore porque no pude.
Antes había querido cortar la cuerda y no lo hice por dar una oportunidad
a ese hilo de esperanza que en el fondo conservaba. El hilo se había roto
del todo, si hubiera aparecido un equipo de rescate en ese momento y me
hubiera sacado de allí probablemente me hubieran tenido que cortar la
mitad del cuerpo completamente quemado por el hielo. Cortar la cuerda
fue mi obsesión, morir de una vez: caeríamos juntos sobre el colchón de
nieve que había al fondo.
La luz blanca que me cegaba.
La sombra de la nieve es una sombra blanca.
Cuando todo se calmó la montaña brillaba en la oscuridad bajo las estrellas
parpadeantes: un maravilloso escenario para mi muerte.
Logré ya al amanecer desasirme de la roca que junto con la cuerda nos
mantenia estables. El cuerpo de ella y el mio se balancearon.
Ella, cuerpo muerto enredado entre mis piernas, tiró de mí al caer. Yo
creí partirme en dos, fue un segundo antes de que la maltratada cuerda
también fuera chasquido, eco del de mi espalda.
En la caida nos desenredamos. La mia fue una caida limpia, la suya golpeó
algunas rocas antes de hundirse en la blanca cama que nos esperaba al
fondo. Yo volé, casi muerto ya, verticalmente hacia mi tumba; eternizé
ese tiempo momentaneamente, aún hoy lo sigo haciendo. Fueron mis últimas
sensaciones, el último contacto de mis sentidos con el mundo tal y como
se siente cuando se está vivo.
Una vez muerto todo lo "real" pasa a formar parte de un segundo plano,
lugar del que mi espiritu no puede alejarse,... puedo recordar.
Mi primer plano es este tremendo bloque de hielo, donde quise quedarme,
donde mi cuerpo reposa en oculto viaje glaciar.
Jesús García (Madrid, l969) A punto de licenciarse
en Filología Hispánica, este hombre de armas y letras compagina su fervor
por la literatura con el adiestramiento de tropas. Tiempo atrás fue actor
y su papel más memorable fue, entre otros, el de Arlequín en El Público,
de García Lorca. Y aunque es capaz de recitar sus papeles de memoria o
la más severa lección de lingüística, no le preguntéis dónde ha puesto
la cabeza o qué hora es, porque puede que haya perdido ambas cosas: el
reloj y la cabeza. Su concepción del universo está basada en el sentido
del humor (y el del amor), pero en los momentos en que decide estar solo
elige Gredos para perderse y meditar. Quizá por eso esté como una cabra.
jesus_g@hotmail.com
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