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Ya no se escucha el llanto mecido en la cuna....
Impregnado en madera escapa del tiempo el negro hollín, y la vieja
reza en silencio refugiada en la esquina cabizbaja en su viejo rebozo.
El nixtamal hierve como un pequeño volcán sobre las brazas
que dan color al jacal.
La mirada del perro, sin más ambición que un buen hueso,
se pierde sobre la inexistente puerta borrada por el ocaso.
La vieja hace movimientos para espantar los pollos que corren tras su
madre; la labor de preparar la mase se antoja rutinaria y sin gran afán
se emprende la tarea.
Un niño entra corriendo, un taco es preparado y el pequeño
contento, escapa con su premio, los pantaloncillos caen de sus nalgas
y su playera rota deja ver los rasguños del juego, que entre tierra
y lodo vive en felicidad.
La vieja queda sola, seca su sudor infatigable y se deja caer sobre la
silla que rechina al sentir el pesado cuerpo.
Por un instante se desvanece; permanece así unos minutos, con los
ojos cerrados, los brazos sueltos. Afloran sus arrugas, sus canas toman
más intensidad, tal vez más sabiduría. Despierta
al resbalar la cuchara de su mano y se levanta rápidamente, prosigue
su tarea. Por la entrada un joven que es recibido en silencio con sólo
una sonrisa. El plato generoso es devorado rápidamente, un Chile
verde sufre la misma suerte, las tortillas enrolladas hábilmente
se vuelven un manjar.
El cansado candil dibuja las siluetas en penumbras, una caricia en la
frente reconforta la dura jornada del día, el pequeño es
atrapado por el sueño al igual que su compañero.
La vieja los contempla y deja escapar un suspiro y el rebozo se humedece
en silencio.
Se oye el rechinar de la sentida silla, los cocuyos invaden la habitación,
entre otros muchos insectos, y surcan el tejado mostrando todo el universo
palpable, valle de estrellas eterno a la imaginación. Los ruidos
de la noche se entremezclan con las imágenes en blanco y negro
y el llanto de un niño se escucha en otro jacal.
Iván
Argüelles Rosas
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