REVISTA LITERARIA DE CREACIÓN E INVESTIGACIÓN
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   SOLAR


¿...Me habré quedado dormido? ¿Cuánto tiempo llevaré en este lugar? ¿Una hora, dos horas...? ¿Quizá más...? Los obreros me aseguraron que aquí estaría seguro, que ya no había nada que temer, que me relajara mientras uno de ellos (el de la boca grande y los ojos negros) volvía con comida. No sé si ha regresado y al verme dormido ha preferido dejarme descansar para volver más tarde.
...La oscuridad me rodea; poco a poco mis ojos se van acostumbrando a un halo de luz que se desliza, inseguro, por uno de los pasillos del fondo... Podría estar anocheciendo, o tal vez amanece, ya no lo sé... No hay nada a mi alrededor ni nada se distingue salvo el olor apolillado de la tierra... Lejos (arriba, en el exterior) se escucha el goteo constante de la lluvia filtrándose en la greda, y más lejano aún (tres o cuatro galerías al sur) se oye el llanto de los recién nacidos arropados por el aroma agridulce de la leche. Pero aun así no sabría orientarme ni decir exactamente dónde estoy. Además, la cabeza me da vueltas y apenas puedo moverme; ni siquiera sé si todavía puedo hablar o podría decir algo, una palabra al menos... El hambre me retuerce el estómago hasta la náusea, la humedad es insoportable y el escalofrío de la fiebre me muerde en los huesos y tiemblo... Ahora sólo puedo esperar a que alguien venga y se apiade de mí y me ayude y dé luz. Ahora sólo quisiera volver a quedarme dormido para no sentir el vértigo de la enfermedad ni el vacío de esta espera interminable... Esta mañana pudo conmigo la primera helada del invierno. Muerto de frío me he arrastrado sin saber de dónde sacaba el último esfuerzo y sin saber hacia dónde ir he vagado sin rumbo por las calles hasta dejarme caer, exhausto, junto a un solar cercado por obras. Ya no sé cuánto tiempo estuve inconsciente bajo la escarcha; sólo recuerdo el lejano resplandor de una hoguera alumbrando la niebla que me cerraba los ojos... Después sentí unos pasos y unas voces me rodearon; noté a los obreros tirando de mí hacia el interior de la obra, confortándome el calor del fuego. Sólo cuando respiré el cálido vapor que exhalaba la tierra me sentí a salvo. Tal vez por eso me quedé dormido... ¿Habrá variado el sol desde entonces o sólo son unos minutos lo que parece una eternidad? ¿Se habrán olvidado de mí...? ¿Cómo entretener esta espera? ¿Y si pruebo a salir para pedir ayuda? ¿Y si lo intento y no lo consigo...? No debe ser fácil encontrar el camino de vuelta sin perderse; los obreros me han traído por pasillos enredados e inacabables, a veces muy estrechos, otras veces tan anchos que recuerdo haberme cruzado con otros que volvían al exterior. Por eso no me atrevo a salir; no sabría qué corredor elegir para mi regreso a la luz... ¿Y si me pierdo y no sé volver? ¿Y si al ver que no estoy piensan que me he marchado y no hacen nada por buscarme mientras la fiebre me consume en algún rincón de este laberinto...?
Hay una quietud que me asusta... El silencio rezuma el pulso de la lluvia y entra en mí y sale de mí como arcada del invierno... Pienso que no me hubieran acogido para después dejarme morir así...
Echo de menos la luz, aunque sea la luz blanquecina de diciembre a la que hay que esperar hasta el mediodía para calentarse, despreocupado durante un par de horas al alivio del baño de sol... Antes, en verano, recorría los parques con mi guitarra y el sol salpicaba mis canciones al trasluz de las fuentes; siempre había quien se detenía para escuchar al músico errante y arrojar alguna moneda a sus pies. Algunos de esos rostros volvían a cruzarse en mi camino al pasar una calle o doblar una esquina, y entonces el mundo se reducía y otra ciudad abría su paso al peregrino.
Las noches las pasaba al raso. Tumbado sobre la hierba veía pasar los aviones y soñaba con rumbos extraordinarios hasta quedarme dormido. Otras veces me entretenía trazando líneas imaginarias en las constelaciones: escenas de naufragios, expediciones, batidas de caza... Orión tensaba su arco y su mano se enrojecía al paso de una estrella fugaz...
Nunca me faltaba, a la hora de la siesta y a la sombra de los árboles, una boca que besar. Dulce o ávida se entregaba a una caricia lenta hasta rendirse, perezosa, a un beso sin promesas ni esperanzas para un viajero que deseaba seguir su camino. Una vez, sin embargo, comencé a desconocerme. Paré mi andadura e inventé el mundo en los límites de un parque. Erré por aquel jardín con un nudo en la garganta y los días se sucedieron en una continua espera que cesó, de pronto, un atardecer de tormenta que cubrió el cielo para siempre y me expulsó de aquel jardín cercado de olvido.
Una mañana de intenso calor me acerqué a un descampado en el que se asentaban los cimientos de una construcción. Me detuve algún tiempo a observar el trabajo de los albañiles: descargaban sacos de cemento, levantaban andamios, calmaban la sed de las hormigoneras; las grúas apilaban enormes bloques de ladrillos y las excavadoras mordían con fervor la piel de la tierra. Después los vi almorzar a la sombra de un toldo mientras una radio emitía noticias sobre una misión espacial. El sol brillaba radiante y la boca se me hizo agua al verlos servirse una botella de vino. Uno de ellos advirtió mi presencia y avisó a los otros que se detuvieron un instante para mirarme y recriminar mi curiosidad y mi rumbo en la vida. Después me echaron de allí. Mientras me alejaba aún pude escuchar la voz de uno de los astronautas hablando desde las estrellas.
Recordé aquella mañana mucho tiempo después, cuando divisé la primera bandada de aves cruzando el cielo en dirección al sur, un vuelo encendido y fugaz que se perdió detrás de los rascacielos. Ese día las nubes amenazaban con romperse sobre la ciudad y el mundo parecía un enjambre de urgencia que huía por las aceras. Al atardecer comenzó a llover: el horizonte había descubierto una luz violácea, intimidada, y las nubes se vertieron como odres picados por la asfixia. Una brisa iba y venía y embriagaba con aromas de asfalto y gorrión. La gente corría por las calles buscando un lugar donde guarecerse; yo me tendí sobre el césped y dejé que la lluvia me calara hasta los huesos...
Cuando llegó el mal tiempo volví a la ciudad para sentarme en una acera con un cartel que hablaba de mi estómago. Hacía días que había dejado de cantar tras haber perdido mi guitarra, esa parte de mí que siguió en mi añoranza. Anteriormente había encontrado un lugar ideal para pasar el invierno a la entrada de unos grandes almacenes: cuando se abrían las puertas una ráfaga de aire cálido y perfumado me confortaba, pero los guardias de seguridad me obligaron a marcharme de allí. Entonces me situé frente a un restaurante por cuyo ventanal podían verse las mesas rebosantes con sus comensales; como alquien se quejó de lo incómodo que le resultaba probar bocado en mi presencia al otro lado del cristal, los encargados avisaron a los vigilantes y aquella noche la pasé en un albergue. Cuando desperté ya no tenía mi guitarra y nunca más he querido volver por allí. La eché de menos al mediodía cuando un rayo de sol me calentó las manos; me cubrí el rostro con ellas y durante largo rato las miré a contraluz, rojas y heladas, enmudecidas de repente... Luego volví a la ciudad para sentarme en la acera con un cartel que hablaba de mi estómago.
El hambre me atormentó hasta caer inconsciente. No recuerdo cuánto tiempo estuve tendido en aquella calle principal, encogido y arropado con cartones. En los momentos de lucidez imaginaba quiénes iban y venían por aquella acera transitada y ocupada tácticamente por los repartidores de propaganda, llegando incluso a intuir el talante de la gente a través de sus pasos. Ideé un itinerario de nómadas en constante extravío: zapatos caminando unos tras otros a la zaga de un deseo que consumar furtivamente y que tal vez se consumían rastreando esa posibilidad hacia una calle sin salida; botas arrogantes, siempre inseguras; deportivas impacientes por llegar puntuales a la hora convenida; pisadas silenciosas, pies desnudos, desorientados; tacones que de pronto se detenían para volver en dirección contraria ante un olvido, perdiéndose entre el gentío que recorría la acera atestada de propaganda con la que a veces tropezaban y alguien recogía para limpiarse el barro pegado a las suelas. De vez en cuando caía alguna moneda en mi vaso de ayuno, pero últimamente no tenía fuerzas para contarlas, ni siquiera podía abrir los ojos...

¿Me estarán dejando morir...? Prometieron volver pronto, por eso debo esperar y confiar que no me devore el hambre o acabe conmigo el moho de las raíces. Apenas puedo respirar... El cerco de luz se desvanece, azulado, entre las sombras y la fiebre afila su dentellada... ¿Acaso es el fin...? Siento un hormigueo de pasos a mi alrededor, un rumor voraz que invade la despensa y me saborea miembro a miembro (la boca grande y los ojos negros), punzada tras punzada con terrible dolor, royéndome las entrañas, saciándose de mí... Cierro los ojos y los párpados se enrojecen ardientes como llagas, iluminados por el sol en un día de sol bajo el sol con los ojos cerrados...




Fernando Rosado (Madrid,1967), es licenciado en Filología Hispánica, carrera que comenzó dos veces y concluyó una, y donde aprendió a no ser un escarabajo de espalda doblada, manoseador de libros y sabihondo en glosas. Está en contra de que se hable bajo en las bibliotecas y de que los profesores lleven gafas para realzar su saber. Ha publicado dos relatos en Cuadernos del Matemático (Getafe): "En la memoria la imagino" (l997) y "Neblí" (l999), y fue uno de los autores seleccionados en el Certamen Literario "Ciudad de Getafe" 2000 en la modalidad de relato corto. Se dedica al estudio (nunca esotérico) de escritores que jamás existieron pero que tuvieron intención de dejar una obra que no escribieron. Es, junto a Gemma García-San Román, fundador y colaborador de El Pez Volador, revista sin abuela y sin padrino porque no aspira a la reunión familiar. En esta nueva edición, además de Solar (cuento inaugural de El Pez Volador y parábola en negativo de la fábula de La cigarra y la hormiga), publicamos Arborescente, una visión apocalíptica del Génesis inspirada por la insurrección de los ángeles.


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