REVISTA LITERARIA DE CREACIÓN E INVESTIGACIÓN
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La falda




La falda, las faldas. El vuelo lento y ligero de la tela sobre las piernas, que parece que las envuelve sin tocarlas, pudorosa, salvo la minifalda, que no son falda. La falda como una sombra del placer, como un vestigio de la belleza. La falda que acaba en el muslo, en la rodilla, o más abajo. La falda que no acaba porque no empieza nunca, falda que es todo el secreto de esas lolitas que se me cruzan por Legazpi a mediodía, con sus mochilas al hombro, como nínfulas de cantautores; que si les quitas las faldas y las pones los vaqueros se quedan en niñas, y dejan en el jirón de la falda su proyecto de mujer sobre la silla hasta mañana, o hasta el lunes las más castas. Proyecto de mujer que son más que la mujer misma, potencia que engendra y minimiza el propio acto. La falda, que aunque no se me crea, es más cancela que nada para el coño que anida distante y profundo. La falda que promete un sexo libre y más desnudo, desahogado y cachondo cuando imaginas haces el click en el corchete imposible, el sexo que explota, promesa de humedad infinita en el click tranquilo de la falda. Bajar la bragueta del pantalón o desabotonarlo no deja de tener un deje de aturdimiento, de animalidad, un cierta prisa por meter y correrse y volver a ponerse el pantalón. La falda tiene ese encanto, esa magia, esa dificultad de lo que se intuye pero no se sabe, de lo que se ve pero no se toca (por eso lo de la cancela). La imaginación y ese deseo infinito que nos separa de su círculo por obsesivo mantienen el equilibrio erótico e insólito de la falda. Solo un arrojo, un deslizar la mano por lo bajo de esa quinceañera para vencer su falda, para palpar el frescor de la carne fresca, solo esa herida recién abierta entre su falda para perder toda la alquimia y romper el papel de una vez por todas. Las faldas de Legazpi, ay, más que las de la oficina o de Carretas, que ensueñan más de lo que pueden dar.





Juan Carlos Beltran




® El Pez Volador
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