|
No había nubes y la helada caía tan incesante sobre la hierba que crecía
en los bordes del camino que, al mirarla, reflejaba la luz que la luna,
llena, y las estrellas proporcionaban aquella noche del mes de enero.
No fui el primero en llegar a la caseta, refugio de pastores, en la que
nos había citado don José. Era una vieja chabola de piedra con el tejado
recubierto de retamas y estaba situada cerca de la carretera, a unos treinta
metros, debajo de un enorme castaño que le daba sombra en los días de
verano y protección contra el viento durante el invierno. Cuando llegué
a la puerta, pude ver que dentro ya estaban la mayor parte de los citados.
Di las buenas noches y entré, acomodándome lo mejor que pude en una de
las esquinas. Muy poco tiempo después llegó el último. "Casi no llego",
dijo. "Había contrabandistas por el camino del río y me tuve que retirar
para esperar a que pasaran. Llevaban fardos con café. Bien nos vendría
ahora a nosotros un poco de café calentito", prosiguió mientras se frotaba
las manos y golpeaba los pies para hacerlos entrar en calor. Ya estábamos
todos y se acercaba la hora de la cita. Alguno empezaba a impacientarse,
pero pronto sentimos el rugir del motor de un coche. Nos miramos unos
a otros (hubo quien no miró a nadie) y fuimos saliendo ordenadamente,
colocándonos debajo del castaño. Desde la salida de la curva, las luces
de dos vehículos se iban aproximando lentamente hasta que se detuvieron
cerca de donde estábamos nosotros. El primero de los vehículos era el
de Don José, un Mercedes con matrícula de Pontevedra. El de detrás era
un camión, no muy grande, con una cisterna blanca en cuyos laterales,
escritos con letras azules, se podía leer: "LECHE DE GALICIA".
Don José era un hombre poco conocido en la comarca, por no decir nada.
Ni siquiera se llamaba así, pero con ese nombre se le conocía en la zona.
Dicen que era de la parte de Lalín. Gordo, gordísimo, con la cara redondeada
por lo mucho que debía comer y enrojecida por su afición al vino, se movía
con lentitud y respiraba fuertemente, como jadeando, como si hacer aquellos
movimientos tan naturales como bajarse del coche y caminar le supusiesen
un esfuerzo enorme. Le faltaba pelo en la cabeza, mostrando una calva
rojiza, como el rojo de su cara, aunque la intentaba disimular ligeramente
con unos pocos pelos que, desde un lado de la cabeza, peinaba por encima
y los hacía llegar al otro extremo. No había, sin embargo, escasez en
el bigote, tupidísimo y de pelos largos, algunos de los cuales, los de
más hacia el centro, a pesar de ser él moreno, parecían rubios, tal vez
debido al humo incesante del eterno puro que se alojaba en su boca. Pero
así, de noche, su bigote me pareció uniformemete moreno.
"¿Tienen los equipajes?", nos preguntó. "Están en la caseta, Don José",
respondió uno. "¿Pero vamos a ir en este camión, Don José?", preguntó
otro. "Es el mejor de los modos. Pasa completamente desapercibido. Ya
verán como no habrá ningún problema. Éste no es un viaje de placer, señores;
ustedes fueron los que se pusieron en contacto conmigo. Quien no quiera
ir, que no vaya, pero que lo diga ya porque una vez que se ponga en marcha
el camión no habrá paradas. Y no perdamos más tiempo, ¿traen el dinero?".
El conductor del camión se bajó de la cabina y subió por una escalerilla
hasta lo alto de la cisterna, abriendo una escotilla. Nosotros hicimos
una fila y, uno a uno, íbamos pagando las treinta mil pesetas a Don José
quien, una vez contadas, nos iba ayudando a trepar por la escalerilla.
Yo me quedé para el final. Cuando llegó miturno, Don José me miró
a los ojos y me dijo: "Usted no ha hablado conmigo nunca. Yo no le conozco
a usted y usted no me conoce a mí, ¿entendido? Su billete cuesta el doble,
es lo que convinimos". "No se preocupe, Don José, yo no le conozco ni
he hablado nunca con usted", le respondí. Le di el dinero y, después de
contarlo, me volvió a mirar y me dijo: "cuídese". Luego me ayudó a subir.
Había cinco escotillas en lo alto de la cisterna. Cuatro ya estaban cerradas,
por lo que me metí, no sin dificultad, por la que quedaba abierta, ayudándome
a bajar el que me precedía en la fila. Sólo estábamos él y yo en aquel
espacio tan reducido y húmedo que durante el día transportaba litros y
litros de leche y por las noches hombres desesperados. Supe, entonces,
que las cisternas de los camiones están divididas en compartimentos para
que la carga, cuando no es plena, no se mueva pudiendo producir un accidente.
El conductor introdujo una linterna por la escotilla, dándonos luz para
que nos pudiésemos acomodar lo mejor posible. "Aquí no se puede fumar,
está claro", nos advirtió y, acto seguido, cerró la escotilla, allá en
lo alto. Mi compañero de compartimento se me abrazó y se echó a llorar.
"Sentémonos, iremos más cómodos", debí de decir, aunque no estoy muy seguro
de lo que dije en aquel momento. Era un muchacho muy joven (diría que
un niño, si no fuese porque se encontraba allí dentro) vecino de una aldea
de la parte portuguesa, separada de la mía por un castañal, un río con
su puente y la línea imaginaria de la frontera. Del exterior solamente
se oía el ruido del motor. Pasaron unos cinco minutos y Don José gritó:
"¡En marcha! ¡Estaréis allí mañana por la noche!", y dio unos golpes en
la cisterna que señalaban la partida.
Al poco de partir, empezamos a golpearnos contra las húmedas paredes de
acero debido a las primeras curvas del camino y a la redondez del habitáculo,
donde apenas nos podíamos apoyar si no era el uno en el otro. El muchacho
vomitó enseguida. Yo pude aguantar un par de horas más como mucho, o tal
vez tres, no lo sé exactamente, pues la oscuridad era absoluta y no podía
ver la hora que marcaba mi reloj. Pasado un tiempo que tampoco puedo precisar,
las curvas comenzaron a ser menos numerosas y más suaves. Supuse que habíamos
cruzado ya las portillas de A Canda y Padornelo y que, poco a poco, iríamos
llegando a las largas y llevaderas rectas de Castilla. Yo pasaba el tiempo
recordando los lugares por los que con seguridad el camión rodaría y que
conocía perfectamente hasta Benavente: Puebla de Sanabria, Otero, Palacios,
Mombuey, Rionegro, Sitrama de Tera, Santa Marta… Y también me imaginaba
otros lugares que no conocía pero que, a buen seguro, atravesaríamos:
Villalpando, Tordesillas, Valladolid, tal vez Palencia, Burgos… Mi compañero
portugués, aunque al principio parecía poco hablador, cuando iba temblando
de miedo, se soltó y comenzó a hablarme de él. Se llamaba Adriano. Yo
le dije que su nombre era el mismo que había tenido hacía mucho tiempo
un emperador. Me dijo que no sabía qué cosa era un emperador, pero le
pareció algo importante y le gustó. Era el mayor de los hijos de una familia
muy humilde. Tenía una hermana dos años menor que él que estaba de criada
en Vigo, en casa de unos señores que un día se acercaron a su pueblo buscando
mucama y se la llevaron. Su otro hermano, el menor, todavía era muy pequeño.
Pasaron las horas y los kilómetros y nos fuimos quedando callados. De
vez en cuando, Adriano interrumpía el silencio para preguntarme cosas
sobre nuestro destino, sobre si tendría problemas con el idioma y sobre
qué clase de trabajo encontraría allí, donde le esperaba un tío suyo.
También me preguntó una vez acera del motivo que me había llevado a mí
al interior de aquel camión pues, si yo era realmente médico, como le
había dicho, ¿qué necesidad tenía? Le contesté que yo no era emigrante,
que lo mío tenía otro nombre, aunque era igual de indigno. Pero no pude
decirle más porque, de repente, se agolparon en mi cabeza las imágenes
de todo lo que acababa de dejar, imágenes que me acompañaron el resto
del viaje incluso más que el inocente muchacho. Me acordaba de la aldea,
de la gente que me había visto crecer y que, en cierto modo, me había
criado. El recuerdo de los paseos hasta el río, de la llegada de los veraneantes,
de la fiesta de agosto y los pasodobles. Y, sobre todo, la imagen de Adelaida,
los años en Santiago, especialmente las tardes en el piso de estudiante
de la Calle del Franco, desde cuya ventana se veía caer la lluvia contra
las piedras del Obradoiro, como limpiándolas del polvo que en sus zapatos
gastados traían los peregrinos. Y también recordaba, no podía olvidarlo,
lo ocurrido hacía sólo dos días, el incidente con el alcalde, su dedo
índice señalándome y su cara, deformada por la cólera, de cuya boca salían
los insultos y la amenaza de denuncia al cabo de la guardia civil como
detractor del régimen y activista del comunismo. Y el portazo al salir
de mi consulta en dirección al cuartelillo. No podía dejar de recordar.
De repente, el camión se paró, pero sin apagar el motor, como había ocurrido
otras veces durante el viaje, seguramente para descanso del conductor.
Estuvo quieto durante unos minutos y volvió a arrancar. Era la frontera,
estaba seguro. Siguió durante aproximadamente media hora y aminoró la
marcha hasta quedarse completamente detenido. Se paró el motor y oímos
al conductor bajarse de la cabina y subir por la escalerilla de la cisterna.
Se oía el abrir de las escotillas, una a una. Abierta la nuestra, miramos
hacia arriba y pudimos comprobar que era de noche. La cara del conductor
asomándose por el agujero me pareció la de un ángel. Ayudé a salir a Adriano
y él, una vez fuera, me ayudó a mí.De pie, encima de la cisterna, vi al
resto de mis compañeros, de quienes no me había acordado durante el viaje,
sacudiéndose las ropas y estirando los músculos, agarrotados por tantas
horas de hacinamiento. Estábamos a orillas de un bosque frondoso, en silencio.
El conductor nos miró y, señalando con el dedo, nos dijo: "seguid por
la carretera y, cuando lleguéis a lo alto de aquella loma, podréis ver
unas luces. Es un pueblo, el primero de Francia. Allí hay una estación
de tren. Suerte". Después se subió al camión, encendió el motor y dio
la vuelta, alejándose despacio por la carretera por la que nos había traído.
Nosotros nos miramos un instante y echamos a andar camino del pueblo,
cansados.
|