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"En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía
no ha mucho un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín
flaco y galgo corredor". Bueno, ya lo he soltado. Creo que ha quedado
bien. Sí, ha quedado bien. La cita, creo yo, siempre embellece
el discurso, que aparece así mejorado con los dorados de la "Autoritas".
Respiro aliviado, aunque empiezo a notar que alguno de los presentes me
mira con atención. Esos señores de traje y corbata, que
hablan en un lenguaje crìptico y tiene unos cortes de pelo bastante
extravagantes me dan un poco de miedo. Son, eso he entendido, los especialistas,
los profesores de universidad. Los miro como si fueran enemigos porque
si alguno me preguntara ... ¿Dios mío, qué miedo!,
si me preguntara no tendría respuesta que darles. Creo que estoy
empezando a sudar; tengo las manos heladas. El cielorraso del techo tiene
unas cuantas rajas ( no sé por qué los techos siempre tienen
rajas; me parece un defecto imperdonable) Vuelvo a la realidad: tengo
las manos sudadas; me las voy a limpiar disimuladamente con el pantalón.
Empiezo a notar una tensión en el cuello y los brazos. Como le
tenga que dar la mano a alguno de los profesores me voy a desmayar. No,
no puedes desmayarte, tienes que relajarte. Mientras lo pienso creo que
tengo una sonrisa estúpida en la cara. ¡Se van a dar cuenta!
Hay que respirar y cambiar la expresión. Bien, ya he conseguido
borrar la sonrisita de la cara. Intento entender lo que están diciendo;
no me estoy enterando de nada. Pongo más atención, pero
noto que abro demasiado los ojos y la sensación de que no tengo
el aspecto descuidado, casual, bello que debería tener me lleva
otra vez a este mundo angustioso en que me ha sumido la cita. No sé
de qué hablan. Lo estoy empeorando todo. Ahora no sólo tengo
pavor a que me pregunten sobre El Quijote, sino que, además, tiemblo
ante cualquier pregunta, guiño o insinuación sobre la conversación
que mantenemos. No sé nada. Creo que me voy a ir de aquí.
¡Ay!, pero no sé como irme o si dar una excusa. Hay que buscar
una válida. Mientras pienso en una, siguen hablando, riendo. Yo
asiento y sonrío. Esto es un absurdo. No puedo irme, quedaré
mal o, lo que es peor, a nadie le importará lo que digo o lo que
hago. No quiero dar la opción de verme ignorado. Creo que mejor
me quedo. Cuando creo que me estoy incorporando a la reunión, la
imagen de mí mismo diciendo la cita vuelve a mí y un profundo
rubor me estalla en las mejillas. Siento que me arden las orejas; estoy
inmerso en un océano de vergüenza. Procuro olvidarlo. Ya está
hecho. De nada sirve el arrepentimiento.
Uno de ellos está hablando del artículo
de prensa de ayer. Bien, siento como el estómago se coloca en su
sitio. "Si, lo he leído". Él sigue entonces con
su comentario, sabedor de que tiene un interlocutor con los conocimientos
mínimos. Al fin, estoy enterándome de la conversación.
La verdad es que no estoy de acuerdo con lo que dice y le rectifico: "Yo
creo que no es así, o yo no lo entendí así".
Me repite el mismo argumento. Me temo que no me ha escuchado, o no ha
entendido lo que he querido decir. Insisto, y, sin contestarme, cambia
el tema de la conversación. Empiezo a comprender que este señor
sólo quiere escucharse y no hacerlo con los demás. Me da
rabia. Otra vez la vergüenza inunda mi cuerpo. Parece que el corazón
bota solo, solemne, demoledor en una pista de baloncesto cubierta, sin
público, sin nadie. Sólo yo lo escucho, zumbando en mis
oídos. Vuelvo a mi actitud de escucha atenta y amable. Ellos siguen
perorando.
Empiezo a pensar que nadie ha tomado en cuenta
mi cita, que yo no he sido lo suficientemente atractivo como para que
ELLOS se fijen en mí. Si fuera así no se interesarían
por mí, ni por mis conocimientos, ni por mis ignorancias. Bien.
Me despido fugazmente y me voy sintiéndome libre, libre e ignorado.
Mis pasos se alejan y mi corazón empieza
a latir con otro ritmo, un ritmo personal, alegre, en el que no existen
personas que me hablan pero no me escuchan , en donde existo sin necesidad
de conocimientos arcanos, digno y feliz.
Mª Jesús Guerra Pradera
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