Cuando un pobre come merluza,
es que uno de los dos está malo.
Dicho español
La vida es muy injusta. Quizá por eso, cuando
Reinaldo Barroso y Fortunato Evelindo do Menhegel encontraron aquel brillante
cilindro metálico entre las toneladas de basura que se acumulaban cerca
de la "favela" donde malvivían, pensaron que debía contener algo de gran
valor.
Habían salido, como cada noche, "de
pesca", es decir, a rebuscar en el montón de desperdicios que por las
tardes traían los camiones del servicio municipal de recogida de basuras.
Su mísero botín consistía en cualquier cosa aprovechable que pudieran
encontrar: un zapato viejo o un cepillo de dientes roto eran echados al
saco, igual que un fragmento de espejo o un tarro de mahonesa a medio
terminar. Había que darse prisa; en cuanto los camiones terminaban de
volcar su ignominiosa carga, los vertederos se llenaban de personas que,
como ellos, trataban de conseguir cualquier cosa que se pudiera comer,
quemar o aprovechar de alguna manera para hacer un poquito más llevadera
su penosa existencia. Para estos habitantes de la basura, todas las jornadas
eran iguales; la monotonía sólo era rota por algún hallazgo excepcional,
como aquella ocasión, hace ya muchos años, en que Nélio se encontró un
fajo de billetes de 200, o aquella otra, más reciente, en que lo que apareció
entre los desechos fue el cadáver amoratado de un recién nacido.
Pero, cotidianamente, los cincuenta y pico
vecinos del Vertedero M no tenían que hacer frente a descubrimientos tan
macabros. Como mucho, les tocaba vérselas con los pechos de silicona defectuosos
y con las radiografías mal tomadas que el Hospital Do Anjo Da Guarda,
el más grande en la ciudad de Prosperidade y uno de los más importantes
centros médicos en todo Brasil, desechaba por centenares. De entre los
habitantes de los vertederos -dos tercios de la población de Prosperidade-,
nadie había estado allí; en realidad, ninguno de ellos había estado nunca
en un hospital, por lo que era muy poco probable que entraran alguna vez
en una clínica para ricos como era el Hospital Do Anjo Da Guarda.
Por desgracia para los "varredurinhas" (así
eran llamados 1os vecinos del vertedero por el resto de los habitantes
de Prosperidade; en castellano, viene a ser algo así como "basurillas"),
su ignorancia y su marginación respecto al resto del mundo eran tan grandes,
que no sabían que existieran prótesis para sustituir miembros, ni que
hubiera entre las mujeres de resto de Brasil una moda de aumentarse quirúrgicamente
los pechos. Pero aunque hubieran tenido conocimiento de que aquellas bolsitas
herméticas de plástico que ellos rasgaban para utilizar su gelatinoso
contenido como pegamento estaban destinadas a ser implantadas en el pecho
de una mujer rica y probablemente acomplejada, posiblemente no habrían
cambiado su actitud hacia ellas ni los usos que les daban; quien cada
día obtiene su comida de la basura no se anda con estos escrúpulos.
Pero lo que aquella madrugada -calurosa madrugada,
como todas las del invierno brasileño- del 16 de enero de 1987 apareció
ante los ojos de Reinaldo Barroso y de Fortunato Evelindo do Menhegel
era algo distinto, que no parecía tener nada que ver con esa panoplia
de objetos rotos y mugrientos que costituían su universo cotidiano. Desde
el mismo momento en que tuvieron en sus manos aquel pesado y brillante
cilindro cromado, Reinaldo y Fortunato tuvieron la certeza de que habían
hallado algo importante; algo que podía cambiar traer cambios favorables
a sus tristes vidas.
No había sido una buena noche. Era ya muy
tarde -aunque, para los habitantes del otro lado de la autopista, fuera
en realidad muy pronto- y los dos indigentes casi tenían perdidas las
esperanzas de encontrar algo que salvara de la mediocridad aquella jornada.
Mientras Reinaldo, que contaba unos treinta y cinco años y era fuerte
de complexión y rudo de carácter, se afanaba en intentar abrir una pequeña
lata de conservas caducada, el bueno de Fortunato -más viejo, más seco
y de carácter más afable- revolvía con un palo entre un montón de papelotes
y de vendas salpicadas de sangre seca que había a veinte metros de su
chamizo. De pronto, Fortunato reparó a la escasa luz del alba en que,
por debajo de unos jirones de neumático, sobresalía un objeto metálico,
con una superficie limpia, pulida, brillante, que en aquel contexto de
mugre y suciedad llamaba fuertemente la atención.
Fortunato se acercó cojeando -cuarenta años
después de que él la sufriera, la polimielitis seguía haciendo estragos
en la comunidad del Vertedero M- al lugar donde estaba el objeto forastero,
y, asiéndolo de un extremo, lo sacó de debajo de las gomas. Era un cilindro
del tamaño y el grosor aproximado del antebrazo de un hombre fuerte. Tenía
impresos en la mitad de su bruñida superfície unos pequeños dibujos de
color amarillo y unas pocas palabras que Fortunato, analfabeto como era,
no supo interpretar. El menudo hombrecillo pensó que era un tubo muy bonito;
y aunque no sabía para qué podía servirle -ya hemos dicho que en el mundillo
de los "varrodurinhas" no había tiempo para otra cosa que no fuera la
supervivencia- decidió quedarse con él. Mejor dicho, decidió que Reinaldo
y él se quedarían con el objeto, ya que Fortunato lo compartía todo con
Reinaldo (cosa que al contrario no sucedía).
-¡Hey, Reinaldo! ¡Mira lo que he encontrado!-
dijo el lisiado mendigo, acercándose donde estaba su compañero. Éste,
que estaba sentado sobre una lavadora desguazada y semienterrada entre
los escombros, dejó su tarea con la lata para ver qué traía Fortunato
entre las manos. Al no encontrar en ellas nada más que el cilindro, al
que a primera vista no identificó como algo que pudiera serles de utilidad,
Reinaldo montó en cólera, se puso en pie de un brinco y, dando un zarpazo,
tiró al suelo el objeto que sostenía el otro, enviándolo a un par de metros
de distancia.
-¡Tú sólo encuentras mierda! ¡Eso no vale
para nada! - Que no, Reinaldo, que parece que hay algo dentro... - gimoteó
Fortunato.
Fulminando al sumiso campanero con la mirada,
Reinaldo se acercó al lugar donde había quedado el tubo y se agachó a
cogerlo. Se lo acercó a la oreja y lo agitó. Como parecía que había algo
dentro, decidió que ya habían "pescado" suficiente por aquella noche y
se fue con el cilindro a un lugar más apartado, seguido con su paso vacilante
por Fortunato.
Detrás de su favela, una casucha de unos
pocos metros cuadrados hecha de alambres, palos y cartón, separada de
las demás por unas decenas de metros, estaban a salvo de las miradas de
los curiosos, y tenían suficiente luz. En sus primeras inspecciones, Reinaldo
no vió ninguna juntura o lugar por dónde abrir el tubo, por lo que el
mendigo decidió sacar el contenido del cilindro a las bravas, y entró
en la favela a por una piedra del tamaño de un puño que usaba para varios
menesteres. Volvió con ella ,se puso cómodo, y empezó a golpear rítmicamente
la superficie metálica. Fortunato observaba la operación sin decir nada.
Tras una decena de golpes, el cilindro que tan hermoso le había parecido
a Fortunato, su legítimo dueño, estaba completamente abollado. Y a fuerza
de recibir pedradas, se había ido haciendo más visible una hendidura,
que delataba la presencia de una tapa en uno de los extremos del cilindro.
Ahora Reinaldo sabía mejor hacia dónde tenía que dirigir sus golpes, y
la tapa empezaba a ceder.
Tras parar unos segundos para descansar el
brazo, Reinaldo hizo acopio de fuerzas y lanzó un golpe fuerte y preciso
que hizo saltar la tapa del cilindro con un ¡clonc! metálico. Automáticamente,
un estallido de luz inundó el barrio chabolista, sustituyendo la mortecina
luminosidad del alba por unos potentes rayos que provocaban reflejos de
color amarillo fluorescente sobre todas superficies en las que incidían.
Los dos mendigos, momentáneamente cegados, cayeron al suelo frotándose
los ojos hasta que sus doloridas pupilas se acostumbraron al cambio de
intensidad lumínica. Al perder Reinaldo el equilibrio, dejó escapar de
sus manos el cilindro, que cayó al suelo. Mientras éste rodaba sin tapa
por la escombrera, dejó salir de su interior aquello que proyectaba una
luz tan asombrosa. Era un paquetito rectangular de plástico, de la longitud
de un ladrillo, que brillaba en la escasa luz con un fulgor fluorescente
y amarillento; era ese mismo tipo de luz que sólo se ve en el abdomen
de las luciérnagas hembras, pero de una intensidad multiplicada por cien.
Cuando sus pupilas se acostumbraron a la
oscuridad, los dos hombres se miraron entre incrédulos y temerosos. Permanecieron
un rato recostados, sin saber qué hacer, fascinados por el hechizo de
esa luz algodonosa que impregnaba el ambiente y orlaba todas las cosas
como una especie de aura, hasta que Reinaldo, que siempre tomaba la iniciativa,
se incorporó rápidamente, metió la bolsita de plástico en el cilindro
e intentó taparlo de nuevo por la fuerza. Esto lo consiguió sólo a medias,
porque el chasis del cilindro estaba tan deformado que la tapa no encajaba
bien, y por las rendijas que quedaban se escapaban potentes haces de luz.
Aquello seguía llamando mucho la atención.
Tenían que tratar de ocultar aquel incombustible manantial de intensa
luz antes de que sus convecinos se acercaran para ver qué ocurría. Nervioso
y asustado, y sin saber muy bien lo que había hecho, el tosco hombretón
abrió la puerta del desvencijado frigorífico que él y Fortunato tenían
al lado de la favela para guardar sus "herramientas", echó dentro el cilindro
y cerró de un portazo. Aunque el nivel de luminosidad ambiental descendió
automáticamente, la luz que salía del cilindro era tan potente, que sus
rayos se escapaban por los resquicios de la puerta de la nevera e iluminaban
los alrededores de la favela tanto como lo hubiera hecho una de esas farolas
que había diseminadas por los otros distritos de la ciudad, los del otro
lado de la autopista.
Reinaldo Barroso se quedó unos segundos
de pie frente al frigorífico, mirando confuso a su alrededor. Al cabo
de unos instantes, sus ojos se fijaron en Fortunato, tendido todavía en
el suelo, desde donde le miraba con rostro atemorizado. Ya estaba el hombrecillo
temiéndose una lluvia de golpes procedente de su amigo, cuando éste se
dió la vuelta y se metió en la favela a dormir. El cansancio acumulado
tras toda una noche de pesquisas por el vertedero y las fuertes emociones
vividas en los últimos minutos le habían dado sueño. Reinaldo Barroso
era así: ante una situación de cierta complejidad, le entraban ganas de
dormir. En cambio, a Fortunato Evelindo do Menhegel la reciente experiencia
le había provocado una cierta conmoción interna. Sintiendo la necesidad
de meditar sobre lo ocurrido, se sentó tranquilamente en el sofá que tenían,
a modo de poyo, junto al frigorífico de al lado de la chabola, y se lió
un cigarrillo con la amarga picadura que vendía su vecino Gonçalves. Y
así le sorprendió el amanecer.
Ya ese mismo día, lo ocurrido junto a la
favela de Reinaldo era un secreto a voces. El primero en acercarse a curiosear
fue Grazinho. Grazinho era un hombre delgado, de estatura media, amigo
de Fortunato. No se llevaba demasiado bien con Reinaldo -nadie en el Vertedero
M, excepto Fortunato, tenía buena relación con Reinaldo; debido a lo violento
de su carácter, todos le temían y respetaban-, por lo que no aparecía
mucho por las cercanías de su favela. Por ello sólo hablaba con Fortunato
cuando su compañero de vivienda no estaba delante.
Grazinho se llegó hasta la cabaña haciendo
como que paseaba y preguntó, con diplomacia, al pequeño hombrecillo, aún
sentado en el sofá, acerca del misterioso resplandor -perfectamente visible,
incluso bajo el potente sol de la mañana brasileña- que salía de la nevera.
Fortunato al principio se hizo el interesante, pero luego, envanecido
como suelen envanecerse las personas sencillas cuando alguien muestra
interés por algo suyo, accedió a mostrarle a Grazinho el secreto de aquella
súbita explosión de luz y sacó el cilindro de la nevera. Los dos amigos,
tras examinarlo cuidadosamente por fuera, le quitaron la tapa, y, aguijoneados
por la curiosidad, sacaron la bolsita de plástico de dentro del cilindro
para ver de cerca aquella sustancia capaz de producir luz sin mediar combustión
alguna.
Vista a través del plástico, la sustancia
parecía un tipo de polvo muy fino que irradiaba una luz de color amarillo
fluorescente. Nunguno de los dos hombres había visto nada así en su vida,
ni había oído que existiera cosa parecida. Estaban preguntándose de dónde
podría haber venido semejante sustancia, cuando, venciendo el reparo natural
que les daba a todos los habitantes acercarse a la favela de Reinaldo,
unos niños se acercaron para intentar confirmar alguno de los muchos runores
que a esas horas de la mañana ya circulaban por todo el vertedero. Poco
después comenzaron a venir también otros hombres y algunas mujeres para
"ver la luz".
A medida que crecía el corro de gente, y
que aumentaba el caudal de la cascada de alabanzas hacia la luz que él
había encontrado, su luz, el normalmente retraído Fortunato se fue envalentonando,
y respondía a todas las preguntas que le formulaban sus convecinos como
si realmente tuviera una respuesta para cada una de ellas. "¿Qué es, Fortunato?"
"¿No lo ves? Se llama polvo de estrellas". "Y ¿de dónde lo sacan?" "¿Esto?
Esto lo fabrican los americanos", "Fortunato, ¿Y para qué sirve?" "Pues
sirve para ... para ... ¡para dar luz, borrego!".
Y así es como llegaron a establecer la primera
y más obvia de las utilidades para el polvo de luz. La ilusión de aquella
gente ante el descubrimiento iba en aumento, y Fortunato, generoso de
corazón, se decidió antes de que nadie se lo insinuara a repartir el polvo
de luz entre sus vecinos y compañeros de miseria. Se hallaban discutiendo
qué otros usos podrían darle a este regalo del cielo, cuando,de repente
se oyó un bramido procedente de la favela.
-¿Qué estáis haciendo aquí?- vociferó Reinaldo,
recién despertado por el alboroto. El hatajo de indigentes enmudeció de
manera fulminante. Reinaldo salía del chozo con cara de ningún amigo,
la sucia y raída camiseta de tirantes empapada en sudor. Nadie respondía.
-¿Es que no me oís? ¡Que os larguéis!
La tensión contenida en su voz iba aumentando.
Reinaldo cogió una estaca de la nevera y se acercó al grupo, que retrocedía
atemorizado, sin que ninguno de los pobretes supiera qué hacer. El único
que encontró palabras fue Fortunato.
-Cálmate, hombre. Ahora se van... les voy
a dar un poco de polvo de luz.
Reinaldo miró a su campanero sin comprender.
-Que les vas a dar, ¿qué? -Polvo de luz.
Aquí hay de sobra para todos- puntualizó con su cascada voz Fortunato
Evelindo do Menhegel, quien, por primera vez en su vida, se sintió capaz
de contradecir a Reinaldo Barroso. Al reconocer el brillo del paquetito
de plástico que le mostraba Fortunato, Reinaldo Barroso pareció empezar
a entender algo y se planteó, también por primera vez en su vida, que
a lo mejor no era tan malo dejar de comportase siempre de forma egoísta.
Sintiendo que le había entrado mucho sueño, Reinaldo dejó el palo en el
frigorífico y se volvió sin decir ni pío a dormir a su favela.
La pequeña comitiva, que permanecía en un
estado entre el alborozo y el pasmo, terminó por reaccionar, y no tardó
en pedirle a Fortunato, su nuevo héroe, que abriera la bolsita y comenzara
a repartir el polvo de luz entre la gente de una vez, dando al menos a
cada cabeza de familia una cantidad suficiente para iluminar el interior
de su favela. El hombrecillo, henchido de satisfacción, no se hizo más
de rogar y, rasgando el plástico con una navaja que le prestaron, empezó
a distribuir con un dedal que le prestaron la mágica sustancia: primero
a los hombres, luego a las mujeres y, por último, y viendo que había polvo
de sobra, a los niños y a los ancianos. En las manos de cada uno de ellos
iba depositando con sumo cuidado las pequeñas cantidades de aquel polvo
de textura harinosa y olor ácido.Y a todos les aconsejaba, desde su recién
adquirido estatus de líder, que tuvieran cuidado con su ración, que no
la perdieran, y que no se metieran el polvo en la boca.
Cuando Fortunato hubo dado un poco de su
tesoro a cada uno de los que allí estaban, ató la bolsita con un cordelajo
y la depositó de nuevo en el cilindro, al que a su vez guardó debajo de
su cama. Más de quince veces tuvo que sacar durante ese día al cilindro
de su escondrijo, para satisfacer las peticiones de sus vecinos más despistados.
Y aún así, quedó en el cilindro más de un puñado de polvo, para uso personal
de los propios Reinaldo y Fortunato y para reponer el que se le fuera
perdiendo a la gente. Así fue como todos los indigentes del Vertedero
M consiguieron un poco de luz para el interior de sus favelas, y un poquito
de esperanza para sus vidas. Todos, menos Nazario, que dijo que aquella
sustancia era un invento del demonio y no quiso saber nada de ella. Nazario
estaba loco.
Durante ese día y las primeras horas de
la noche, el polvo fluorescente fue la alegría del núcleo chabolista.
Cada afortunado propietario de una valiosa pizca de la fascinante sustancia
la guardaba celosamente; en cuencos que se destapaban cuando hacía falta
luz, en bolsas de plástico, en frascos vacíos... Los adultos se maravillaban
de su capacidad lumínica, y los niños lo desperdiciaban en mil y un usos
lúdicos: se untaban el cuerpo con ello, lo metían en bolsitas que escondían
entre las inmundicias y jugaban a buscarlas guiándose por el resplandor,
o lo echaban al arroyuelo poco a poco, en diminutos pellizcos, para observar
los maravillosos destellos que las partículas de polvo de luz provocaban
al desplazarse con la corriente... No tardó un gracioso en decir a los
calvos que poniéndoselo en la cabeza volvía a salir el pelo. Y es que
el polvo de luz era el mejor de los inventos que había llegado al vertedero:
la noche anterior, la del 16 de enero de 1987, Fortunato Evelindo Do Menhegel
había pescado una auténtica merluza.
Pero ya en la noche del 17 comenzaron los
problemas. La luz era tan potente que allí no había quien durrniera. El
barrio chabolista, en el que nunca había habido electricidad ni más luz
que la de las fogatas, se había convertido en un inmensa colonia de luciérnagas.
Hubo quien, desde los rascacielos del otro lado de la autopista, se dio
cuenta de ello, y, llevado por no sé sabe qué intenciones (quizá lo hizo
por envidia; o puede que pensara que había un fuego y su pretensión sólo
fuera ayudar, vaya usted a saber), telefoneó a la policía, para que se
interesase por un barrio que no figuraba, huelga decirlo, en sus rutas
habituales (al menos, en las oficiales, porque sabido es también que muchos
policías de Prosperidade forman parte de esas organizaciones paramilitares
al servicio de los comerciantes que trabajan para "limpiar", a tiros,
las calles de mendigos).
El caso es que, cuando, a primera hora de
la mañana siguiente, y de mala gana, la policía llegó al Vertedero M,
se encontró un cuadro dantesco. Unos habían tenido tiempo de salir de
sus "favelas", antes de caer entre las inmundicias que las rodeaban, desangrados
y deshidratados a la vez por unos vómitos fortísimos. Otros, los más ancianos
y los más débiles, habían muerto en sus propias camas, fulminados por
infartos, insuficiencias respiratorias y otros cuadros clínicos similares.
Algunos, muy pocos, aún estaban vivos, y se acercaron, medio arrastrándose,
a aquellos hombres uniformados, a los que normalmente tanto temían, para
pedirles ayuda. De un total de 56 afectados, sólo se pudo evacuar con
vida a 14, y 10 de ellos murieron en el hospital en los meses siguientes.
Ni Fortunato ni Reinaldo estaban entre los supervivientes.
Seis años más tarde, en juicio al que, curiosamente,
los medios de comunicación brasileños no dedicaron apenas espacio, los
Tribunales Penales de la ciudad de Prosperidade condenaban al Hospital
Do Anjo Da Guarda por una imprudencia grave con resultado de muerte, cometida
al tirar a la basura común un cilindro de los que se usan para almacenar
los desechos radiactivos procedentes de las máquinas de rayos X.
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