REVISTA LITERARIA DE CREACIÓN E INVESTIGACIÓN
pezpiloto
pezcofre
pezduende
pezdelimón
bancodepeces
pezballesta
pezglobo
pezmonje
peztigre
pezluna
pezerizo
pezángel



Relato   A solas con las ciudad

Cuando alguien encuentra su lugar
en el mundo, es para siempre.


No descubrió el encanto de la pequeña ciudad hasta que no se quedó a solas con ella. Había crecido en la gran metrópoli, huérfano de silencios y de cigüeñas, analfabeto de leyendas y de piedras. Quizá por eso fue perfectamente consciente del momento en el que, como si el Espíritu Santo hubiese bajado repentinamente sobre él, comenzó a entender el silencioso lenguaje en el que se expresaba continuamente la antigua y señorial ciudad.

La verdad es que aquella tarde parecía bastante propicia para iniciar una historia de amor. Él, estudiante en su tercer año de Derecho, había quedado, a eso de las cinco, con una muchacha -aún la recuerda bien: era morena, guapa y sensible. Le habría encantado tener tiempo de enamorarse de ella- en una recóndita placita de suelo empedrado, de esas que abundan en la ciudad. De camino al lugar de la cita comenzó a llover con fuerza, por lo que el chico tuvo que echar a correr. Al llegar a la plaza se metió apresuradamente debajo del pórtico de la iglesia que presidía el pequeño corro de casitas semiderruídas. Se le ocurrió que la escena transmitía ese mismo aire de tristeza y resignación del sacerdote que reza ante los escasos congregados al pie de un ataúd en el cementerio de una aldea.

A lo mejor fue la larga espera. O pudo ser la lluvia, esa lluvia que, muchas veces, además de calar nuestra ropa y nuestro pelo, llega a mojar nuestros corazones. El caso es que, a cada momento que pasaba, el muchacho iba tomando más conciencia de esa estampa, transida de melancolía, de la que él en aquel momento era protagonista. Aquellos momentos de contemplación pura, ausente todo tipo de reflexión, le abrieron totalmente los sentidos, y comenzó instantáneamente a percibir los guiños del aire, los aromas del viento, los susurros del suelo, las caricias de la luz. La ciudad quiso hablarle, le envolvió con su magia. Y él entró en el juego, bailó con la ciudad, se dejaba querer: accedió a escucharla. Éste fue el inicio del romance entre los dos.

Había llegado a la pequeña población dos años y medio antes, cuando sus padres le matricularon en la facultad de Derecho. La verdad es que la elección de la ciudad donde actualmente estudiaba era enteramente cosa de sus padres, que querían que estudiara en una universidad de renombre para continuar la tradición familiar en el prestigioso bufete paterno. A él le daba igual que la facultad estuviese en esa ciudad o en cualquier otra, lo único que se planteaba era sacar la carrera adelante y vivir unos años inolvidables como estudiante universitario. Por esto ni se alegró ni se entristeció cuando supo que iba a residir en una ciudad con unas características artísticas e históricas tan especiales.

Por supuesto que en la ciudad había muchas otras cosas aparte de un montón de piedras con una rica tradición histórica y artística. Los habitantes eran sinceros y amables. La gastronomía, obsequiosa con el forastero. Unos cuantos teatros y salas de exposiciones mantenían viva la llama de la vida cultural. Pero muchas de esas cosas también las tenía la gran urbe de donde él procedía. Lo que la gran megalópolis no poseía era ese aura, ese halo que lo hacía allí todo tan diferente. Lástima que sólo unos pocos fueran capaces de percibirlo, de ir más allá de la superficie para encontrar la verdadera esencia de la ciudad. Él había pasado a incluirse entre esos pocos; y estaba entre ellos porque la ciudad así lo había decidido.

Se preguntaba por qué le había escogido a él. Desde luego que no era uno de aquellos estúpidos que llegaban a la vieja capital y, vencidos por los prejuicios y las apariencias, comenzaban a odiarla antes de darle ni siquiera una oportunidad. Pero tampoco se había distinguido en sus años anteriores por haberse detenido demasiado a ponderar y saborear las virtudes de la ciudad, ni a debatir y perdonar los defectos que esta tenía, como suele hacerse con aquello a lo que se ama. No conocía a su ciudad; simplemente tomaba de ésta lo que ella le ofrecía a cada momento, sin detenerse a pensar en todo el amor que ésta ponía en cada momento de soledad que le brindaba, en cada gota de lluvia que sobre él derramaba, en cada amanecer en el que él se despertaba en su regazo.

Durante esos dos años y medio, simplemente se había limitado a vivir como viven la mayoría de los jóvenes de su edad; rápida, vertiginosamente, llenando de ruido su existencia, quemando etapas sin encontrar un solo momento de trascendencia, banalizando y desmitificando todo lo que le rodeaba. Sin un rumbo y sin un sentido, sin más guía que lo inmediato.

Pero, aunque había vivido como un inconsciente, tenía una sensibilidad especial y ella lo sabía. Fue ella, la ciudad, la que le ayudó a encontrar una causa para su vida aparte del "porque sí". Le enseñó a descifrar el universo, a encontrar la razón que estaba detrás de cada minúsculo cambio que el tiempo provoca. Cuando estaba junto a ella, cada cosa se integraba en un todo, cada grano de arena tenía vida propia y hablaba el mismo idioma. Todo tenía sentido. Y por eso él, desde el primer instante en que oyó la voz de la ciudad, ya nunca quiso separarse de ella. Aquella cita a la que no acudió nadie le proporcionó a la pequeña localidad el momento adecuado para darse a conocer, para desnudarse ante él y para decirle que le amaba y que quería estar para siempre junto a él. Desde ese momento, él empezó a ver en cada hosca masa de piedras la reconfortante sonrisa de la amada y las angostas callejuelas, antaño frías y desabridas, se convirtieron en las cálidas y acogedoras curvas de su cuerpo.

Cogió la costumbre de pasear diariamente un par de horas por los rincones más escondidos y por los lugares más recoletos. Ella le procuraba siempre recorridos despejados de viandantes y de coches, porque, como es lógico, quería estar a solas con su amado. En un par de meses, no le quedaba prácticamente ni una calle, ni una plaza ni una esquina de su adorada ciudad por recorrer, ni siquiera de las zonas del extrarradio. Y lo curioso es que, cada vez que salía a la calle, caminase por donde caminase, anduviese por donde anduviese, nunca se cruzaba con nadie. Ni siquiera en las más amplias avenidas. Y, por huraño que estuviera el día para los demás habitantes de la ciudad, para él siempre hacía el tiempo ideal, pues cuando salía de casa para pasear con su ciudad se sentía como dentro de una burbuja protectora, desde la que el ruido, el viento y frío se percibían como algo inofensivo, que estaba alrededor pero no lograba traspasar la barrera con la que ella le aislaba de todo lo que pudiera molestarle.

Pero los momentos idílicos de las tardes deambulando por la localidad se tornaban el resto del tiempo en instantes de angustia. En un par de meses, todos los que componían su círculo de familiares y amigos habían notado un profundo cambio en su comportamiento. Sobre todo porque él, siempre tan cordial y sociable, comenzó a rehuir la compañía de la gente.

Los primeros en preocuparse seriamente por este radical cambio fueron sus tres compañeros en el piso compartido que le servía de hogar en la pequeña capital. Cuando estaba en su casa se encerraba en su habitación durante horas, y sólo salía de ella para ir a sus cotidianos encuentros con la ciudad, para comer y para cumplir con sus necesidades fisiológicas. Cada vez asistía a menos clases, de forma que en poco más de un mes dejó totalmente de ir a la facultad.

En un principio achacaron el extraño comportamiento de su amigo al stress provocado por un entorno demasiado exigente y a la cercanía de los exámenes. Pero una vez descartada esta opción, comenzaron a alertarse pensando en un posible abuso de los psicotrópicos o incluso en ocultos problemas familiares. A ninguno se le ocurrió pensar en que lo que le pasaba a su compañero era que estaba profundamente enamorado.

Sus padres tardaron más en darse cuenta de que algo no cuadraba en el comportamiento del muchacho. Aunque hablaban casi todas las noches por teléfono, esto del mal de amores no es una cosa que se detecte fácilmente sino es en el cara a cara. Durante esos dos meses que tardó en hacerse patente la situación fue un par de veces a casa de sus padres, en su ciudad natal. Pero tampoco en esos dos fines de semana le notaron ellos nada extraño. Estaba algo distraído, sí, pero sus padres pensaron que aquel nuevo afán por quedarse los fines de semana en la pequeña capital eran producto de alguna recién iniciada relación con una chica, que el chaval se debía haber tomado con más entusiasmo de lo habitual.

Los acontecimientos se precipitaron cuando llegaron las notas a casa. El brillante camino que su hijo había iniciado para cumplir con el plan de futuro milimétricamente trazado por ellos comenzaba a torcerse. Había suspendido todas las asignaturas y los padres decidieron tomar cartas en el asunto, para averiguar qué era lo que estaba causando esa desviación en el camino que ellos habían decidido para su hijo, y adoptar medidas contra ello. Todos sus intentos de averiguar a qué se debía lo que ellos denominaban "repentina tontería" por boca de su hijo fueron en vano. De nada sirvieron las broncas, los intentos de tener conversaciones "racionales y adultas" con él o de sonsacarle. Él siempre decía que no le pasaba nada, que era simplemente que últimamente se encontraba algo cansado, pero nada más.

Pero a pesar de todas las objeciones de su hijo era obvio que le pasaba algo y que ese algo era una cosa más grave que el simple y puro cansancio. Por eso un viernes decidieron que se acercarían con el coche a la vieja ciudad donde estudiaba su hijo, y, con la excusa de llevarle un poco de esa comida "hecha por mamá", que tanto agradecen los estudiantes cuando residen fuera de su casa, tratararían de averiguar las causas del misterioso comportamiento de su hijo. Le dejaron un mensaje en el teléfono móvil para que les esperara el domingo a las once y media en su piso, y se fuera con ellos a dar una vuelta por la ciudad y a comer a alguno de sus excelentes restaurantes.

Cuando llegaron a la localidad, el chico ya estaba arreglado y esperando, así que bajó enseguida. Durante todo el día intentaron orillar cuidadosamente todo tema que pudiera recordarle la preocupación de sus padres por él, de forma que no desconfiase sobre la verdadera razón por la que sus padres habían ido a verle. Pero el muchacho ni siquiera se tomó la molestia de sospechar nada; la jornada entera permaneció absorto, mirando con los ojos como platos los más nimios detalles de calles por las que había pasado cientos de veces y de monumentos que ya había contemplado durante horas. Cada cosa nueva que descubría, cada matiz, cada cambio, lo hacía inmensamente feliz y provocaban la expresión alucinada y la actitud ausente y vagabunda que sus padres, escoltas de su errante caminar para la ocasión, miraban con intranquilidad.

Tras acompañar a su hijo al piso, subieron con la excusa de aprovechar para entrar al servicio antes de afrontar el largo viaje de vuelta hasta su ciudad de origen. En un momento en que la madre estaba en la habitación con su hijo, el padre se quedó a solas con los compañeros de piso del chaval y les preguntó en voz baja, cuidando de que no se le oyera desde la habitación, a qué creían que podía deberse la extraña actitud del chico. Tras un poco fructífero cambio de impresiones, el preocupado matrimonio volvió a casa en el coche, debatiendo sobre las posibles razones que impulsaban a su hijo a adoptar unas pautas de comportamiento tan extrañas. No hallaron ninguna respuesta coherente.

A los pocos meses, el desastre de los planes que tenía el matrimonio para su hijo era total. Como no le veían provecho ninguno a que éste estuviera residiendo en la vieja ciudad -no iba nunca a clase ni se le conocía actividad ninguna aparte de sus paseos diarios-, los progenitores decidieron que lo mejor era que el muchacho dejase la carrera, se volviese a la capital -para que al menos recuperara la cada vez más deteriorada salud- y se replanteara su camino, siempre de acuerdo con los proyectos de sus padres.

Él, de momento, obedeció, aunque derramó muchas lágrimas pensando en que se tenía que separar de su ciudad. Ella lloró aún más, y desde que se enteró de que él se iría se pasó los días y las noches intentando convencerle de que se quedara a su lado y de que juntos podrían solucionar todos los problemas a los que el muchacho habría de enfrentarse sin el soporte de sus padres. Pero él no tuvo fuerzas para resistirse al mandato de sus padres, así que en una semana arregló todos los papeles de la universidad, preparó las maletas, se despidió de su idolatrada ciudad y se fue. Ella juró que le esperaría siempre, que no habría nadie más, que algún día volverían a estar juntos.

Mas como suele suceder con los enamorados cuando están uno lejos del otro ambos comenzaron a marchitarse rápidamente. Él siguió perdiendo peso de un modo alarmante y se pasaba los días recluído en casa sin hacer nada. Ella parecía cada día más áspera y más fría tanto para sus lugareños como para sus visitantes y recién llegados.

Y es que nadie más podría nunca comprender ni compartir aquellas tardes en compañía de la ciudad. Ella sólo se entrega a uno. Cada uno tiene su lugar en el mundo, aunque no sea consciente de que lo está buscando y de que la mayoría de la gente no llegue a encontrarlo. Para algunos es un barrio de la gran ciudad; para otros, una celda en un convento apartado; para otros, un campamento de ayuda humanitaria. Para él, era en la pequeña, antigua y decadente ciudad. Por eso era un sinsentido separarle del lugar adonde pertenecía.

Sin embargo, esta vez el destino, siguiendo, eso sí, sus caminos llenos de revueltas, quiso que él y ella estuvieran juntos para siempre. Un par de semanas después de la separación, en una tarde en que él estaba solo en casa, viendo la televisión, sus ojos volvieron a brillar. En un programa de viajes por el interior de España echaron un reportaje sobre una pequeña capital de provincia. En la pantalla reconoció a su amada, su ciudad, que le llamaba, con un lenguaje inaudible para los demás, cantando su amor por él, diciéndole que se moría sin verle, pidiéndole que volviera a ella para salvarla y para salvarse.

Sintiendo un arrebato de rabia, reunió las escasas fuerzas que le quedaban, superando su debilidad física, mental y moral, y guiado por la suprema voluntad de estar junto a la que amaba, buscó un poco de dinero por los cajones de la casa y fue como pudo hasta la estación a por un billete de autobús para ir a su adorada. En poco más de una hora se plantó allí, en la ciudad de la que estaba enamorado, para la que estaba hecho y de la que nunca quiso ni debió salir.

La ciudad tardó poco en recobrar la salud. Poco a poco, y sin que nadie se diera demasiada cuenta de ello, volvió a sonreír. Y, aunque las mejores de sus sonrisas siempre las guardaba para una persona especial, su alegría se notaba en el ambiente. Todo en la ciudad parecía más luminoso, más amable, más alegre. El lento proceso de despoblación no sólo se paró, sino que la ciudad, que ahora era una ciudad nueva, fue incluso capaz de atraer nuevos y jóvenes pobladores, llenos de ilusión y de vida.

Respecto a él, hay que decir que nadie le ha vuelto a ver, a pesar de los esfuerzos de sus padres por encontrarle. Ellos intuyen que está por ahí, paseando por la ciudad, perdido, contemplando pasmado la infinita variedad de matices con que obsequia la realidad a quien sabe apreciarlos. Quizá algún día comprendan que no merece la pena buscarle, porque cuando alguien encuentra su lugar en el mundo, es para siempre.

César Núñez
uti@universitariosmix.com


® El Pez Volador
pezvolador@lycos.es