Cuando alguien encuentra su lugar
en el mundo, es para siempre.
No descubrió el encanto de la pequeña ciudad hasta que no se quedó
a solas con ella. Había crecido en la gran metrópoli, huérfano de silencios
y de cigüeñas, analfabeto de leyendas y de piedras. Quizá por eso fue
perfectamente consciente del momento en el que, como si el Espíritu Santo
hubiese bajado repentinamente sobre él, comenzó a entender el silencioso
lenguaje en el que se expresaba continuamente la antigua y señorial ciudad.
La verdad es que aquella tarde parecía bastante
propicia para iniciar una historia de amor. Él, estudiante en su tercer
año de Derecho, había quedado, a eso de las cinco, con una muchacha -aún
la recuerda bien: era morena, guapa y sensible. Le habría encantado tener
tiempo de enamorarse de ella- en una recóndita placita de suelo empedrado,
de esas que abundan en la ciudad. De camino al lugar de la cita comenzó
a llover con fuerza, por lo que el chico tuvo que echar a correr. Al llegar
a la plaza se metió apresuradamente debajo del pórtico de la iglesia que
presidía el pequeño corro de casitas semiderruídas. Se le ocurrió que
la escena transmitía ese mismo aire de tristeza y resignación del sacerdote
que reza ante los escasos congregados al pie de un ataúd en el cementerio
de una aldea.
A lo mejor fue la larga espera. O pudo ser
la lluvia, esa lluvia que, muchas veces, además de calar nuestra ropa
y nuestro pelo, llega a mojar nuestros corazones. El caso es que, a cada
momento que pasaba, el muchacho iba tomando más conciencia de esa estampa,
transida de melancolía, de la que él en aquel momento era protagonista.
Aquellos momentos de contemplación pura, ausente todo tipo de reflexión,
le abrieron totalmente los sentidos, y comenzó instantáneamente a percibir
los guiños del aire, los aromas del viento, los susurros del suelo, las
caricias de la luz. La ciudad quiso hablarle, le envolvió con su magia.
Y él entró en el juego, bailó con la ciudad, se dejaba querer: accedió
a escucharla. Éste fue el inicio del romance entre los dos.
Había llegado a la pequeña población dos
años y medio antes, cuando sus padres le matricularon en la facultad de
Derecho. La verdad es que la elección de la ciudad donde actualmente estudiaba
era enteramente cosa de sus padres, que querían que estudiara en una universidad
de renombre para continuar la tradición familiar en el prestigioso bufete
paterno. A él le daba igual que la facultad estuviese en esa ciudad o
en cualquier otra, lo único que se planteaba era sacar la carrera adelante
y vivir unos años inolvidables como estudiante universitario. Por esto
ni se alegró ni se entristeció cuando supo que iba a residir en una ciudad
con unas características artísticas e históricas tan especiales.
Por supuesto que en la ciudad había muchas
otras cosas aparte de un montón de piedras con una rica tradición histórica
y artística. Los habitantes eran sinceros y amables. La gastronomía, obsequiosa
con el forastero. Unos cuantos teatros y salas de exposiciones mantenían
viva la llama de la vida cultural. Pero muchas de esas cosas también las
tenía la gran urbe de donde él procedía. Lo que la gran megalópolis no
poseía era ese aura, ese halo que lo hacía allí todo tan diferente. Lástima
que sólo unos pocos fueran capaces de percibirlo, de ir más allá de la
superficie para encontrar la verdadera esencia de la ciudad. Él había
pasado a incluirse entre esos pocos; y estaba entre ellos porque la ciudad
así lo había decidido.
Se preguntaba por qué le había escogido a
él. Desde luego que no era uno de aquellos estúpidos que llegaban a la
vieja capital y, vencidos por los prejuicios y las apariencias, comenzaban
a odiarla antes de darle ni siquiera una oportunidad. Pero tampoco se
había distinguido en sus años anteriores por haberse detenido demasiado
a ponderar y saborear las virtudes de la ciudad, ni a debatir y perdonar
los defectos que esta tenía, como suele hacerse con aquello a lo que se
ama. No conocía a su ciudad; simplemente tomaba de ésta lo que ella le
ofrecía a cada momento, sin detenerse a pensar en todo el amor que ésta
ponía en cada momento de soledad que le brindaba, en cada gota de lluvia
que sobre él derramaba, en cada amanecer en el que él se despertaba en
su regazo.
Durante esos dos años y medio, simplemente
se había limitado a vivir como viven la mayoría de los jóvenes de su edad;
rápida, vertiginosamente, llenando de ruido su existencia, quemando etapas
sin encontrar un solo momento de trascendencia, banalizando y desmitificando
todo lo que le rodeaba. Sin un rumbo y sin un sentido, sin más guía que
lo inmediato.
Pero, aunque había vivido como un inconsciente,
tenía una sensibilidad especial y ella lo sabía. Fue ella, la ciudad,
la que le ayudó a encontrar una causa para su vida aparte del "porque
sí". Le enseñó a descifrar el universo, a encontrar la razón que estaba
detrás de cada minúsculo cambio que el tiempo provoca. Cuando estaba junto
a ella, cada cosa se integraba en un todo, cada grano de arena tenía vida
propia y hablaba el mismo idioma. Todo tenía sentido. Y por eso él, desde
el primer instante en que oyó la voz de la ciudad, ya nunca quiso separarse
de ella. Aquella cita a la que no acudió nadie le proporcionó a la pequeña
localidad el momento adecuado para darse a conocer, para desnudarse ante
él y para decirle que le amaba y que quería estar para siempre junto a
él. Desde ese momento, él empezó a ver en cada hosca masa de piedras la
reconfortante sonrisa de la amada y las angostas callejuelas, antaño frías
y desabridas, se convirtieron en las cálidas y acogedoras curvas de su
cuerpo.
Cogió la costumbre de pasear diariamente
un par de horas por los rincones más escondidos y por los lugares más
recoletos. Ella le procuraba siempre recorridos despejados de viandantes
y de coches, porque, como es lógico, quería estar a solas con su amado.
En un par de meses, no le quedaba prácticamente ni una calle, ni una plaza
ni una esquina de su adorada ciudad por recorrer, ni siquiera de las zonas
del extrarradio. Y lo curioso es que, cada vez que salía a la calle, caminase
por donde caminase, anduviese por donde anduviese, nunca se cruzaba con
nadie. Ni siquiera en las más amplias avenidas. Y, por huraño que estuviera
el día para los demás habitantes de la ciudad, para él siempre hacía el
tiempo ideal, pues cuando salía de casa para pasear con su ciudad se sentía
como dentro de una burbuja protectora, desde la que el ruido, el viento
y frío se percibían como algo inofensivo, que estaba alrededor pero no
lograba traspasar la barrera con la que ella le aislaba de todo lo que
pudiera molestarle.
Pero los momentos idílicos de las tardes
deambulando por la localidad se tornaban el resto del tiempo en instantes
de angustia. En un par de meses, todos los que componían su círculo de
familiares y amigos habían notado un profundo cambio en su comportamiento.
Sobre todo porque él, siempre tan cordial y sociable, comenzó a rehuir
la compañía de la gente.
Los primeros en preocuparse seriamente por
este radical cambio fueron sus tres compañeros en el piso compartido que
le servía de hogar en la pequeña capital. Cuando estaba en su casa se
encerraba en su habitación durante horas, y sólo salía de ella para ir
a sus cotidianos encuentros con la ciudad, para comer y para cumplir con
sus necesidades fisiológicas. Cada vez asistía a menos clases, de forma
que en poco más de un mes dejó totalmente de ir a la facultad.
En un principio achacaron el extraño comportamiento
de su amigo al stress provocado por un entorno demasiado exigente y a
la cercanía de los exámenes. Pero una vez descartada esta opción, comenzaron
a alertarse pensando en un posible abuso de los psicotrópicos o incluso
en ocultos problemas familiares. A ninguno se le ocurrió pensar en que
lo que le pasaba a su compañero era que estaba profundamente enamorado.
Sus padres tardaron más en darse cuenta
de que algo no cuadraba en el comportamiento del muchacho. Aunque hablaban
casi todas las noches por teléfono, esto del mal de amores no es una cosa
que se detecte fácilmente sino es en el cara a cara. Durante esos dos
meses que tardó en hacerse patente la situación fue un par de veces a
casa de sus padres, en su ciudad natal. Pero tampoco en esos dos fines
de semana le notaron ellos nada extraño. Estaba algo distraído, sí, pero
sus padres pensaron que aquel nuevo afán por quedarse los fines de semana
en la pequeña capital eran producto de alguna recién iniciada relación
con una chica, que el chaval se debía haber tomado con más entusiasmo
de lo habitual.
Los acontecimientos se precipitaron cuando
llegaron las notas a casa. El brillante camino que su hijo había iniciado
para cumplir con el plan de futuro milimétricamente trazado por ellos
comenzaba a torcerse. Había suspendido todas las asignaturas y los padres
decidieron tomar cartas en el asunto, para averiguar qué era lo que estaba
causando esa desviación en el camino que ellos habían decidido para su
hijo, y adoptar medidas contra ello. Todos sus intentos de averiguar a
qué se debía lo que ellos denominaban "repentina tontería" por boca de
su hijo fueron en vano. De nada sirvieron las broncas, los intentos de
tener conversaciones "racionales y adultas" con él o de sonsacarle. Él
siempre decía que no le pasaba nada, que era simplemente que últimamente
se encontraba algo cansado, pero nada más.
Pero a pesar de todas las objeciones de
su hijo era obvio que le pasaba algo y que ese algo era una cosa más grave
que el simple y puro cansancio. Por eso un viernes decidieron que se acercarían
con el coche a la vieja ciudad donde estudiaba su hijo, y, con la excusa
de llevarle un poco de esa comida "hecha por mamá", que tanto agradecen
los estudiantes cuando residen fuera de su casa, tratararían de averiguar
las causas del misterioso comportamiento de su hijo. Le dejaron un mensaje
en el teléfono móvil para que les esperara el domingo a las once y media
en su piso, y se fuera con ellos a dar una vuelta por la ciudad y a comer
a alguno de sus excelentes restaurantes.
Cuando llegaron a la localidad, el chico
ya estaba arreglado y esperando, así que bajó enseguida. Durante todo
el día intentaron orillar cuidadosamente todo tema que pudiera recordarle
la preocupación de sus padres por él, de forma que no desconfiase sobre
la verdadera razón por la que sus padres habían ido a verle. Pero el muchacho
ni siquiera se tomó la molestia de sospechar nada; la jornada entera permaneció
absorto, mirando con los ojos como platos los más nimios detalles de calles
por las que había pasado cientos de veces y de monumentos que ya había
contemplado durante horas. Cada cosa nueva que descubría, cada matiz,
cada cambio, lo hacía inmensamente feliz y provocaban la expresión alucinada
y la actitud ausente y vagabunda que sus padres, escoltas de su errante
caminar para la ocasión, miraban con intranquilidad.
Tras acompañar a su hijo al piso, subieron
con la excusa de aprovechar para entrar al servicio antes de afrontar
el largo viaje de vuelta hasta su ciudad de origen. En un momento en que
la madre estaba en la habitación con su hijo, el padre se quedó a solas
con los compañeros de piso del chaval y les preguntó en voz baja, cuidando
de que no se le oyera desde la habitación, a qué creían que podía deberse
la extraña actitud del chico. Tras un poco fructífero cambio de impresiones,
el preocupado matrimonio volvió a casa en el coche, debatiendo sobre las
posibles razones que impulsaban a su hijo a adoptar unas pautas de comportamiento
tan extrañas. No hallaron ninguna respuesta coherente.
A los pocos meses, el desastre de los planes
que tenía el matrimonio para su hijo era total. Como no le veían provecho
ninguno a que éste estuviera residiendo en la vieja ciudad -no iba nunca
a clase ni se le conocía actividad ninguna aparte de sus paseos diarios-,
los progenitores decidieron que lo mejor era que el muchacho dejase la
carrera, se volviese a la capital -para que al menos recuperara la cada
vez más deteriorada salud- y se replanteara su camino, siempre de acuerdo
con los proyectos de sus padres.
Él, de momento, obedeció, aunque derramó
muchas lágrimas pensando en que se tenía que separar de su ciudad. Ella
lloró aún más, y desde que se enteró de que él se iría se pasó los días
y las noches intentando convencerle de que se quedara a su lado y de que
juntos podrían solucionar todos los problemas a los que el muchacho habría
de enfrentarse sin el soporte de sus padres. Pero él no tuvo fuerzas para
resistirse al mandato de sus padres, así que en una semana arregló todos
los papeles de la universidad, preparó las maletas, se despidió de su
idolatrada ciudad y se fue. Ella juró que le esperaría siempre, que no
habría nadie más, que algún día volverían a estar juntos.
Mas como suele suceder con los enamorados
cuando están uno lejos del otro ambos comenzaron a marchitarse rápidamente.
Él siguió perdiendo peso de un modo alarmante y se pasaba los días recluído
en casa sin hacer nada. Ella parecía cada día más áspera y más fría tanto
para sus lugareños como para sus visitantes y recién llegados.
Y es que nadie más podría nunca comprender
ni compartir aquellas tardes en compañía de la ciudad. Ella sólo se entrega
a uno. Cada uno tiene su lugar en el mundo, aunque no sea consciente de
que lo está buscando y de que la mayoría de la gente no llegue a encontrarlo.
Para algunos es un barrio de la gran ciudad; para otros, una celda en
un convento apartado; para otros, un campamento de ayuda humanitaria.
Para él, era en la pequeña, antigua y decadente ciudad. Por eso era un
sinsentido separarle del lugar adonde pertenecía.
Sin embargo, esta vez el destino, siguiendo,
eso sí, sus caminos llenos de revueltas, quiso que él y ella estuvieran
juntos para siempre. Un par de semanas después de la separación, en una
tarde en que él estaba solo en casa, viendo la televisión, sus ojos volvieron
a brillar. En un programa de viajes por el interior de España echaron
un reportaje sobre una pequeña capital de provincia. En la pantalla reconoció
a su amada, su ciudad, que le llamaba, con un lenguaje inaudible para
los demás, cantando su amor por él, diciéndole que se moría sin verle,
pidiéndole que volviera a ella para salvarla y para salvarse.
Sintiendo un arrebato de rabia, reunió las
escasas fuerzas que le quedaban, superando su debilidad física, mental
y moral, y guiado por la suprema voluntad de estar junto a la que amaba,
buscó un poco de dinero por los cajones de la casa y fue como pudo hasta
la estación a por un billete de autobús para ir a su adorada. En poco
más de una hora se plantó allí, en la ciudad de la que estaba enamorado,
para la que estaba hecho y de la que nunca quiso ni debió salir.
La ciudad tardó poco en recobrar la salud.
Poco a poco, y sin que nadie se diera demasiada cuenta de ello, volvió
a sonreír. Y, aunque las mejores de sus sonrisas siempre las guardaba
para una persona especial, su alegría se notaba en el ambiente. Todo en
la ciudad parecía más luminoso, más amable, más alegre. El lento proceso
de despoblación no sólo se paró, sino que la ciudad, que ahora era una
ciudad nueva, fue incluso capaz de atraer nuevos y jóvenes pobladores,
llenos de ilusión y de vida.
Respecto a él, hay que decir que nadie le
ha vuelto a ver, a pesar de los esfuerzos de sus padres por encontrarle.
Ellos intuyen que está por ahí, paseando por la ciudad, perdido, contemplando
pasmado la infinita variedad de matices con que obsequia la realidad a
quien sabe apreciarlos. Quizá algún día comprendan que no merece la pena
buscarle, porque cuando alguien encuentra su lugar en el mundo, es para
siempre.
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