REVISTA LITERARIA DE CREACIÓN E INVESTIGACIÓN
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   ARBORESCENTE


  "Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró
en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado.
Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí
puso al hombre a quien formara"
                                                           Génesis, 2, 7-8



 Luego hizo caer sobre el hombre un profundo sopor, y la Voz de la Fábula (a quien no le había sido concedido el don de penetrar en los sueños) celebró los nombres de Dios, el Único, el Verdadero, y alabó la obra que había realizado. Y Dios sintió que un rubor cruzaba el horizonte de la tarde, y cerró los ojos, conmovido, jugando con el barro sobrante entre los dedos. La Voz de la Fábula ensalzó su gloria y el equilibrio entre las estrellas y las rosas, y la invención de los ángeles y los unicornios, el alma geométrica de los árboles y la idea de su propia alma y de sí mismo, pues había sido testigo del nacimiento del Mundo. De antemano conoció que su nombre nunca figuraría en los libros sagrados (aunque había sido inspirado por Dios, el Todopoderoso), ni sería inscrito sobre piedra, ni revelado por sabios o profetas, ni mencionado por teólogos o filósofos en largos tratados inspirados por la nostalgia, la egolatría o la iniquidad. Nada de lo que de él pudiera contarse variaría el devenir de la intangible historia, pues de no haber existido la fábula de su voz, una insólita memoria hubiera quedado impresa en el vientre de las rocas.
 Junto a él, Dios había dispuesto al Ángel del Alba para que custodiara las palabras invisibles, y a un dragón durmiente de piel escamada como rocío cuyo sueño abarcará por los siglos campos sembrados de púrpura, protegiendo con su letargo el imaginario de Dios, pues quiso Dios que fuera fabuloso y fingido el guardián del Libro que encierra la descripción del Paraíso. Y está advertido que quien soñare con exactitud con alguno de los territorios de su sueño, al instante aquél desaparecerá del Libro y quedará borrada toda memoria de los mapas, y la Voz de la Fábula lo no reconocerá, y el soñador, al despertar, sentirá una añoranza desconocida que le hará perseguir su rastro en un círculo de melancolía, sin comprenderlo ni poseerlo jamás, pues también se desvanecerá, desmemoriado, y quedará relegado al olvido, y nunca más lo recordará.
  La Voz de la Fábula dejó escrito que aquel atardecer ruborizado en el que Dios creó al hombre duró mil días y mil noches contenidos en un solo instante que centelleó, fugaz, con la última luz del crepúsculo, momento en el que el hombre despertó.
 Con los ojos abiertos reconoció la cima de los árboles y las estrellas que brillaban con el fulgor del primer día. Preguntó por sus nombres y Dios, maravillado, le dijo: "Asómate a tu corazón". La Voz de la Fábula advirtió que no había nada nuevo ni extraño para aquella criatura porque no tenía conciencia de haber estado en otro lugar, salvo en su sueño. Sin embargo, observó que al hombre le embargaba un nuevo sentimiento que no sabía explicar y que atribuyó a un dolor abrasador en el costado y un vacío en el corazón. Después, la Voz de la Fábula describió los árboles estrellados y al hombre meditando su pesadumbre bajo aquella soledad arborescente que le intimidaba. Y esa ausencia de sí mismo, y esa extraña melancolía, y ese desapego por todas las cosas le hicieron vagar sin rumbo por el Paraíso.
 El Ángel del Alba (a quien le había sido otorgado el don de descifrar los sueños) reflexionó sobre el desconsuelo deshabitado del hombre y dedujo que Dios le había abandonado durante el sueño. Un pájaro negro de plumas blancas y un pájaro blanco de plumaje negro cruzaron por su pensamiento, emborronando las palabras de la Voz de la Fábula que en aquel momento describía los árboles estrellados de aquel lado del Paraíso. Dejó escrito la Voz que el hombre se había acercado a un río para calmar la sed y la pesadumbre, y que allí por vez primera vio su rostro reflejado en el agua salpicada de estrellas, y que su impresión fue confusa, pues por un instante había creído ver en el agua el reflejo de otro rostro que atribuyó a Dios. Miró tras de sí y vio a la mujer que le miraba, y después de reconocer la misma soledad en sus ojos, fue hasta ella y juntos se adentraron en el Jardín.
 La Voz de la Fábula enalteció la gloria de Dios, el Inconmensurable, que crece como un árbol en el centro del Mundo, y describió la inmensidad de la tierra y de los astros que giran a su alrededor. Después ensalzó a la mujer, e hizo observar que no había nada nuevo ni extraño para aquella criatura porque no había conocido otro lugar, ni siquiera durante un sueño, pues aún no había dormido en parte alguna del Paraíso.
 El Ángel del Alba se percató de cómo ella se desesperaba para consolar en vano la soledad de su compañero, y en cómo nacía su compasión mientras contemplaba las estrellas, más allá de los árboles, y él cerraba los ojos a su lado. Luego dedujo que ambos adolecerían de soledad, y que al hombre le perseguiría su primer sueño eternamente, pues comprendió que su recuerdo se perpetuaría en su descendencia que habrá de regar mil huertos plantados de árboles, y que todo ello dará forma a una insólita memoria que se transmitirá de generación en generación, mientras duerman ajenos al Mundo e inmersos en la Nada. Supo también que toda su progenie despertará herida por esa nostalgia de Dios, que les habrá abandonado durante su sueño en el Paraíso.
 Dejó escrito la Voz de la Fábula que el hombre y la mujer dieron nombre a las criaturas y a las cosas de aquel Jardín, y que después se reconocieron en ellas para ver el Mundo, y que fueron guijarros en el fondo del río, y nubes horadadas por el vuelo de los pájaros que salpicaron el cielo del amanecer.
Entonces el Ángel del Alba paseó su belleza iluminada por el Paraíso y revistió las plantas de un color hoy perdido. La Voz de la Fábula sintió frío y desentrañó la luz de aquel extraño amanecer que iba derritiendo las copas de los árboles. Presentió algún designio de Dios, el Omnisciente, pues un rumor inquieto iba extendiendo su expectación por el Paraíso. Huyeron los pájaros, y la Voz de la Fábula dejó de escribir y todo quedó en silencio.
El Ángel del Alba se acercó adonde estaba la Voz y tomó el Libro de arcilla entre sus manos. Señaló las palabras invisibles y dijo: "He descifrado el desvelo del hombre y por él conozco el sueño de Dios, y por él sé que nada de esto que ves perdurará, pues Dios ha previsto una traición y yo soy el elegido para el desafío de su gloria que prevé alzarse con mi hundimiento". Dijo también que esa historia volvería a repetirse pasados los siglos, y que quedarían unidas en la trama de la eternidad: "Mas tú no la referirás -añadió-, sino los reflejos de tu voz vueltos contra el agua", y acarició al dragón durmiente iluminado por el rocío de la mañana. Después dijo: "Nada de lo que veas a partir de ahora ni será ni parecerá cierto si no queda escrito, y sólo podrá ser referida una verdad de lo que veas y escribas. Dios te requiere porque sabe del poder de las palabras, pero hoy tendrás que elegir un lugar en la batalla desde el cual referir tu historia".
 La Voz de la Fábula le advirtió que sólo Dios conocía el destino de su escritura, y luego esperó una señal que deshiciera aquella ilusión y restrableciera el orden del Mundo, pero el Ángel del Alba prosiguió, y con voz oscurecida dijo: "Yo te prometo recobrar tu nombre con palabras y que tu recuerdo perdure entre estos árboles que amas, pues has de saber que hoy perderemos sin remisión el Paraíso". Un viento frío y ardiente hirió las ramas de los árboles, y el Ángel del Alba escudriñó el horizonte averiguando su momento de esplendor. Dejó el Libro sobre el suelo, y antes de marcharse dijo:"Elígeme a mí".
 El cielo del amanecer resistía su única estrella cuando un polvo amarillento comenzó a caer desde las nubes. Al otro lado del río, el hombre y la mujer intentaban resguardarse del viento y de las llamas que ardían en el centro del Jardín, donde una voz, dijeron, les había llamado. El fuego comenzó a extenderse y ellos corrieron entre los árboles para salvarse, siguiendo el curso del río y la dirección de los rebaños que escapaban hacia el oeste. En su huida vieron cómo el cielo derretía sus colores derramando ángeles aborrecidos, y cómo sus cuerpos colosales caían con gran extruendo sobre la tierra, cubriendo campos enteros y provocando enormes olas en el mar al caer sobre las playas. Y vieron manadas de lobas, y a las hijas de las lobas pariendo ciudades que después destruían para volver a engendrar ciudades y a parir ciudades y a destruir ciudades... Y falsos caballos penentrando en ellas, y falsas libélulas asediándolas desde el cielo. Y también vieron cómo una pareja de unicornios luchaba por escapar de las llamas, pereciendo después sobre la tierra incandescente (y comprendieron que el espectro de aquella visión les perseguiría siempre en su sueño de destierro y melancolía) Luego atravesaron un valle, bajo el cielo enrojecido, y siguieron el camino del oeste.
 La Voz de la Fábula dejó escrito: "Cayeron los árboles donde aguardaban emboscados los ángeles aborrecidos, y Dios varió su sueño y bramó su ira con lengua de fuego abrasando el Paraíso, y con él desapareció el guardián que protegía el libro de su descripción". Después elogió el triunfo de Dios, el Invencible, y describió el ejército de ángeles ascendiendo por las nubes sobre corceles de luz. Y mientras escribía, comprobó maravillado cómo sus palabras se hacían visibles y se curvaban, culebreando, en el umbral de las letras.
 El sol despuntó en la reciente mañana. En una línea del cielo quedaba inscrita la parábola invisible de una estrella fugaz.


Fernando Rosado




Fernando Rosado (Madrid,1967), es licenciado en Filología Hispánica, carrera que comenzó dos veces y concluyó una, y donde aprendió a no ser un escarabajo de espalda doblada, manoseador de libros y sabihondo en glosas. Está en contra de que se hable bajo en las bibliotecas y de que los profesores lleven gafas para realzar su saber. Ha publicado dos relatos en Cuadernos del Matemático (Getafe): "En la memoria la imagino" (l997) y "Neblí" (l999), y fue uno de los autores seleccionados en el Certamen Literario "Ciudad de Getafe" 2000 en la modalidad de relato corto. Se dedica al estudio (nunca esotérico) de escritores que jamás existieron pero que tuvieron intención de dejar una obra que no escribieron. Es, junto a Gemma García-San Román, fundador y colaborador de El Pez Volador, revista sin abuela y sin padrino porque no aspira a la reunión familiar. En esta nueva edición, además de Solar (cuento inaugural de El Pez Volador y parábola en negativo de la fábula de La cigarra y la hormiga), publicamos Arborescente, una visión apocalíptica del Génesis inspirada por la insurrección de los ángeles.


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