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Mi novio está viendo el fútbol, está alienado con el Real Madrid. ¿Qué
extraña fascinación puede encontrar un hombre joven en el hecho de que
¿Molina? esté o no de portero?.
…Y de fondo esa música celestial que
inexplicablemente aún no me ha hecho reventar la cabeza (dijo ayer la
tele que habían inventado algo milagroso para la jaqueca, pero caro ¡eh!,
¿quién sabe? Si le lloro me lo puede recetar el médico de cabecera. Y
es que me encanta drogarme legalmente), bueno pues eso, que no es música
celestial, pero quedaba tan bonito… Son petardazos que preludian la hecatombe
final (por fin) que me hará morir un poquito mañana sobre las siete y
media.
Si ya me lo dijo, “no vengas, aquí (allí) no hay nada”. Pero soy tan imbécil
que después de crearme mis propias neuras, me las quiera curar contemplando
el mar. ¡Ah, el mar! lugar común que tan sólo sirve no sé a quien. Tópicos
como el de la extraña fascinación o el de la música celestial preludio
de algo que intenta salir siquiera a base de mordiscos. Y es que cuando
una tiene una angustia instalada en la base del estómago de nada sirven
los tópicos.
Historias difusas dicen que cuento sentada en un trono de miedo del que
seguramente no quiero bajar.
Sí, sí, el que realmente lo hace, no avisa, tú sólo quieres que te acaricien
el lomo, y si es así ¿qué¿ ¿no tienes derecho?.
Vamos a ver, que nadie me niegue que no es dulce imaginarse el fin, porque
el fin es la tranquilidad.
¿Soy un producto de esta sociedad? ¡No, no! ni esto es un cuento ni yo
soy un producto de algo que no sea yo misma. ¡Oye! ¿Y yo que cada vez
pienso más que la cuestión es que no soy de aquí? Hay demasiadas cosas
que no me caben en la cabeza cuando me doy cuenta de que no es inconmensurable
( mi cabeza, se entiende).
No se me olvida y mira que lo intento, que había una vez un barquito chiquitito
que no podía navegar. ¡Puñetera tradición oral!, te juro que no, que no
quería.
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