EDITORIAL
Bamiyán-Manhattan
La
memoria del siglo XX se concentra en la imagen más codiciada por
el ojo humano hasta entonces: la del planeta en que habita visto desde
el espacio. Las generaciones predecesoras no la vieron sino en las aproximaciones
de los mapas cartográficos, o bien la imaginaron (secretamente
o no, como una ciencia que se codicia), ideándola semejante a otros
astros que el ojo humano entonces podía contemplar. La mirada del
siglo XX avistó el globo terráqueo desde fuera, fijándolo
en su órbita óptica como un ojo que mira al espacio y que
a su vez le contiene.
Los viajes y los descubrimientos la hicieron girar en peanas de escritorio,
mostrándola como una maravilla cuyo prodigio consistía en
hacerla girar ante el incrédulo visitante. Al recorrer con la mirada
los meridianos y los paralelos, el papel tostado de las islas y los continentes
rodeados por el azul tostado de los océanos, el asombrado visitante
preguntaba qué lugar exacto ocupaba él mismo dentro del
planeta. Un dedo le indicaba su lugar en el mundo, y entonces su curiosidad
por ese mundo en el que habitaba se desbordaba en preguntas que el dedo,
haciendo rotar la Tierra, contestaba: "Aquí está la
Antártida", o "Estas son las islas Galápagos".
Se nace y se muere sobre un planeta: casualidad del nacimiento frente
al azar de la muerte, que puede encontrarse en cualquier lugar todavía
insospechado mientras la Tierra gira en la imaginación del que
sueña encerrado en ella, sin más posibilidades que la de
permanecer parado o la de recorrerla. Recorrerla implica pertenecer a
todos los lugares y a ninguno; desiertos y ciudades: universidad y diversidad.
Permanecer inmóvil en la voluntad de estarlo supone para el sedentario
la creencia de habitar el Paraíso. Toda la tierra ajena a la que
pisa le es hostil, y su miedo a compartirla le lleva a levantar muros
que sirvan de frontera, para que nadie (ni siquiera el viajero que pasea
por el planeta) pueda entrar en ella con deseo de visitarla.
Estos guardianes que no contemplaron (o no quisieron ver) la imagen verdadera
de la Tierra desde el espacio, hoy desgranan sus relojes de arena (que
habrán de agotarse mucho tiempo después de ellos) para cribar
por sus ampolletas la parcela de tierra que sólo alcanza su mirada.
No reconocen ni la Verdad ni la Belleza, aunque afirmen caminar sobre
ellas al pisar el Paraíso imaginado por Dios y después inventado
por los hombres.
En las bodas de Jerusalén no fue invitado un dios que sin embargo
se presentó para arrojar una manzana sobre la mesa del banquete:
"Quien se lleve a la novia se la entregará", dijo. La
novia miró uno a uno a todos los dioses que la codiciaban, y asustada
se echó a llorar. Todos la habían elegido, pero ella regresó
a la casa de su padre. Los dioses convocaron entonces sus ejércitos
y los arengaron contra sus adversarios. Y ahora la manzana de la discordia
se disputa en una guerra de hambre atrasada y comandada por satélites.
Se exaltan todos los nombres de Dios, y en nombre de la Paz cada cual
siembra y recoge como triunfo o derrota a los muertos.
La manzana emponzoñada de los nacionalismos, de las ideas políticas
y de la supremacía de una religión frente a las demás,
también pudre el cesto del siglo XXI. El miedo a perder su Paraíso
cercado hace a quienes lo creen poseer arrojar al Mundo la manzana podrida
del terror para que el Mundo la pruebe y deguste el miedo de perder su
propio Paraíso.
Varios meses antes de que cayeran las Torres Gemelas de la isla de Manhattan,
fueron volatilizados por el mismo impulso que las destruyó los
Budas Gigantes de Bamiyán, en Afganistán.
Aquellos Budas Gemelos, excavados en la roca hace más de quince
siglos, fueron condenados a desaparecer volatilizados en la primavera
de 2001. Contemplarlos era únicamente reconocer la efigie repetida
de un dios extranjero asentado en el Paraíso de Bamiyán.
Pasados los siglos este dios sonriente y duplicado vería entrar
en esa tierra nuevos extranjeros que pasados los siglos le habrían
de desterrar. La isla de Ellis también fue el pórtico de
entrada a Manhattan para millones de emigrantes que a principios del siglo
XX ansiaban entrar en el Paraíso americano. En la segunda mitad
de siglo se erigen las Torres más altas del mundo en homenaje al
dios pagano que vende y oferta el sueño de Babel. Dos rascacielos
idénticos que arden y caen al mismo tiempo consumidos por el fuego
de la confusión.
Símbolos repetidos de sí mismos, los Budas Gemelos y las
Torres Gigantes se compensan en el tiempo y en el espacio, dentro de un
juego de espejos de auge y caída de los Paraísos.
Existen dos Planetas Gemelos (el que habitamos y el de su imagen proyectada
desde el espacio) que se codician desde dentro. En manos de dioses y de
hombres giran y chirrían en su engranaje oxidado transmitiendo
en directo sus juegos de guerra.
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